satrianblue En los años ochenta aparece en Estados Unidos lo que podríamos llamar una moda nueva dentro del metal. Una corriente que, por cierto, se inició fuera de fronteras americanas. En 1984 el sueco Yngwie Malsteem lanza “Rising Force”, el que podríamos llamar como primer disco (casi) instrumental de la historia del género metálico. Contra todo pronóstico, ese primer disco del nórdico tiene una muy buena acogida. Pronto, al otro lado del Atlántico, el personal de la industria del disco se pone las pilas. Se busca con ansia a guitarristas que suplan el vacío existente en el mercado de discos instrumentales de metal.
Ignacio Rielas

 

A partir de ahí surge una plétora de nombres más o menos conocidos o más o menos olvidados: Michael Lee Firkins, Vinnie Moore (hoy, mercenario a sueldo de unos devaluados UFO), Joey Tafolla (un oscuro músico que en la actualidad apenas tiene repercusión, pero que formó parte de los míticos Jag Panzer en su época de mayor gloria), Jason Becker y Marty Friedman (que formaron el dúo Cacophony y siguieron con suerte muy diversa unas carreras musicales hasta el día de hoy), Steve Vai (hoy, una estrellona del metal inteligente, si es que existe tal cosa) y Tony Macalpine, un guitarrista efectivo que pronto abandonó las constreñidas talanqueras del heavy metal para introducirse en el mundo el jazz fusión y el rock más o menos experimental con proyectos como Planet X o Devil Slingshot.

De entre todos estos músicos, destaca sobremanera la figura de un pequeño gran hombre, de un gigante de las seis cuerdas que supo como ninguno de ellos (a excepción, tal vez, de Steve Vai) labrarse una carrera sólida, persistente hasta hoy y llena de matices que lo sitúan muy por encima de ser solo un mero guitar hero instrumental, como se les llegó a denominar en su tiempo.

Joe Satriani había lanzado tres discos más o menos efectivos hasta la llegada de “Flying in a blue dream”, un trabajo que está considerado el mejor de su extensa carrera. Y no sin razón. El disco dura más de una hora, y eso, en una época en que los redondos se concebían todavía para ser lanzados en vinilo, es un proyecto muy arriesgado, pues el exceso de duración podía en algunos casos afectar a la anchura de los surcos en el plástico y perjudicar el sonido.

Afortunadamente, no fue el caso. La producción de “Flying…” es cristalina, adecuada a un trabajo que, como se ha adelantado más arriba, pretendía (y conseguía) trascender los estrechos límites del metal ortodoxo para ir más allá: hacia terrenos funkies en “Strange”, muy rockeros (y plagiados de “La Grange” de ZZ Top, por qué no decirlo) en “Big Mad Moon”, y baladísticos y de un gusto exquisito en “I believe” una etérea composición de la que se filmó uno de los dos vídeos extraídos del redondo. También había sitio para las canciones hard roqueras como podrían ser “One big rush” en las que Satriani ponía toda la carne en el asador y demostraba por qué él no jugaba en la misma liga que todos sus coetáneos.

El cuarto redondo de Satriani, además, presentaba algunas novedades. La primera, el hecho de que el guitarrista se atreviera a cantar en algunas de las canciones, lo que por un lado eliminaba de un plumazo al disco de la lista de heavy metal instrumental, y de otro mostrara la valentía de un hombre a la hora de encarar una faceta que, no nos engañemos, no es la suya: su voz se podría calificar solo de correcta, y eso siendo muy amables, pero como en el estudio se hacen maravillas y hasta milagros (y se da de comer al hambriento y de beber al sediento entre otras cosas), la cosa no llega a mayores y lo que podría haber sido un destrozo queda como una graciosa curiosidad a manos de uno de los pocos genios que ha dado el metal en los últimos treinta años. A esa categoría de broma podríamos añadir el cortísimo tema “The feeling” donde por vez primera Satriani se atreve con el banjo. No dejaría de ser eso, una curiosidad, si no enlazase con una especie de interpretación country en “The phone call”, donde, entre bromas y veras, Satriani demuestra que él es, por si alguien todavía lo dudaba, un músico ecléctico que se atreve con lo que venga. Eso es saber tocar.

En definitiva, “Flying in a blue dream” es un trabajo de muchísimo nivel en el aquel entonces sobrecargado universo de los guitarristas instrumentales o semiinstrumentales. Después de él lanzaría el también tremendo “The extremist” y luego su carrera derivaría hacia ilustres colaboraciones con unos Deep Purple casi terminales, colaboraciones con colegas de profesión como los nombrados Vai y Malmsteem, giras conjuntas y alimenticias, vídeos didácticos y algún que otro disco brillante pero nunca a la altura de este, el ápice de su creatividad.

Ignacio Rielas

Temas

" Flying in a Blue Dream " – 5:28
"The Mystical Potato Head Groove Thing" – 5:05
"Can’t Slow Down" – 4:46
"Headless" – 1:28
"Strange" – 4:55
"I Believe" – 5:50
"One Big Rush" – 3:20
"Big Bad Moon" – 5:13
"The Feeling" – 0:52
"The Phone Call" – 3:00
"Day at the Beach (New Rays from an Ancient Sun)" – 2:03
"Back to Shalla-Bal " – 3:15
"Ride" – 4:58
"The Forgotten (Part One)" – 1:10
"The Forgotten (Part Two)" – 5:08
"The Bells of Lal (Part One)" – 1:19
"The Bells of Lal (Part Two)" – 4:08
"Into the Light" – 2:25