Sôber + Orquesta Sinfónica O.C.A.S. – Palacio de Congresos IFEMA, Madrid – 24 de Febrero ‘18

“Paradÿsso” marcó un antes y un después en la carrera de Sôber, es por ello que el germen de lo que ocurrió el otro día en el Palacio de Congresos surge de regrabar tan aclamado disco con la Orquesta Sinfónica O.C.A.S. Después decidieron llevarlo al directo, en una noche que se anunció como especial y única, algo que, sin duda, fue.

Texto: Alberto López
Fotos: Mario López

Ya una vez en nuestras butacas pudimos observar con detalle el escenario sobre el que se desarrollaría el evento. Manu Reyes atrás del todo con su batería, más adelante el atril para el director de la orquesta, la cual se situaría en dos filas a cada lado del escenario y, ocupando todo el frontal de este, el resto de Sôber, es decir, los hermanos Escobedo y Antonio Benardini. Además, todo el escenario estaba rodeado de una tela especial donde se irían proyectando imágenes en alta definición acordes con cada tema y, como no podía faltar detalle alguno, el suelo blanco se encontraba lleno de pétalos de rosa esparcidos con calculado desorden.

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La espera se hizo corta pero intensa, y es que, quizá por la solemnidad del lugar, no había el típico rumor de conversaciones ahogadas por la música de los altavoces, si no que todo el mundo esperó sentados y mayoritariamente en silencio hasta que comenzó la intro y los miembros de la Orquesta Sinfónica O.C.A.S. fueron aproximándose, enfundados en una larga túnica negra con capucha, al escenario.

Así pues, tras la larga intro, formada por una intrincada narración que jugaba con frases y títulos de canciones de la banda, y la aparición de todos sobre el escenario, se rompió el mutismo que reinaba en el recinto, dando lugar a unos merecidos aplausos. Y comenzó el espectáculo con “Una vida por exprimir”. Cuatro focos centraban la atención sobre los cuatro integrantes de la banda, algo que sería constante durante todo el concierto, mientras comprobábamos que la Orquesta Sinfónica O.C.A.S. estaba allí para algo más que meros detalles de apoyo, y es que los temas estaban verdaderamente arreglados para ser tocados con una sinfónica, algo que es de agradecer y que habla, una vez más, de la profesionalidad y del buen hacer de Sôber.

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“Animal” y “Reencuentro” fueron las primeras del “Paradÿsso”, el cual tocaron entero como estaba anunciado, en caer. Fue un comienzo frío, todo hay que decirlo, y seguramente poco achacable a la banda. Pero la realidad es que el lugar, el que todo el mundo permaneciese sentado contemplando un espectáculo audiovisual que no es habitual verlo y que el sonido tardó algo en ajustarse, fueron factores que afectaron en este sentido. Algo comprensible también, ya que estábamos ante otro tipo totalmente diferente de concierto del que suele ofrecer la banda.

“Blancanieve” y “Eternidad” caldearon más el ambiente de un espectáculo que sin duda fue in crescendo, a medida que banda y público se iban soltando. El añadido visual que acompañaba a las canciones estaba medido a la perfección y las imágenes proyectadas ayudaban a crear un ambiente único. Carlos no dejó de agradecer en todo momento el apoyo del público, el trabajo de la orquesta y el de todos que habían hecho aquello posible. Y es que uno se paraba a mirar y veía el Palacio de Congresos lleno hasta la bandera. Casi 2000 personas vibrando con cada nota.

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Una potente “Lejos” dio paso al primer parón de la noche, tras el cual reanudaron el recital con una de las más esperadas y coreadas de la noche: “Naufrago”. Carlos aprovechó el momento para, micro en mano, cantarla mientras paseaba entre las filas del patio de butacas, provocando el delirio de muchos de los fans que allí se encontraban. “Cápsula”, ya con todos sobre el escenario de nuevo, continuó el repaso a “Paradÿsso”. Muy esperada, por haber sido tocada muy poco en directo, fue una de las que más me gustó como quedó con la adaptación orquestal junto a “Hemoglobina”, que vendría poco después, y que fue un auténtico placer. Antes, sorprendieron con “El viaje”, de su último álbum, que tal como contaba Carlos, ya en su día, cuando la grabaron, pensaron que quedaría muy bien con orquesta. El resultado fue sobrecogedor.

Una vez más el pequeño de los Escobedo se dirigía al público, esta vez para pedirle que se pusiesen de pie, para lo que venía a continuación, que no fue otra que “El hombre de hielo”. Impresionante momento, de lo mejor de la noche sin duda, con una Palacio de Congresos al completo coreando aquello de “Mírame, y dime que ves…”, Quizá por primera vez en toda la noche, todos los allí presentes nos quitamos el corsé, que en cierta medida nos pusieron al entrar en aquel recinto, y fue una auténtica gozada.

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Con la siguiente quedó patente que muchos de los allí presentes eran “nuevos fans”, porque “Vacío” fue recibida con algarabía por unos pocos, mientras que entre el resto reinaban caras de incredulidad, no sabían ni por donde les venía el aire. Fue el tema más antiguo que tocaron, y sonó de miedo actualizado con los arreglos orquestales. Y llegó otro de los momentos épicos de la noche. E inevitable, por otra parte. Era la hora de “Paradÿsso”. Esta vez nadie tuvo que pedir que el público se pusiese en pie, ya que en cuanto sonaron los primeros acordes, aquello casi se convirtió en un concierto al uso. Un primer cierre espectacular, tras el que se retiraron momentáneamente.

Volvieron con otra de las que más vítores arrancaron y que a mí menos me gustó: “Estrella Polar”. Me quedo con la versión de estudio, que encajada en el transcurso del disco me gusta más, y le veo más sentido, que en directo.

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Con “No perdones” volvió la contundencia, siendo de los temas cañeros el que quizá mejor sonó. El Palacio de Congresos volvió a ponerse en pie en cuanto se oyó aquello de “Arrepentido…”. Los momentos imborrables fueron muchos, y este fue otro de ellos, dando así por finalizada la primera parte de los bises y retirándose otra vez.

La recta final del concierto arrancó con “Superbia”, la cual quedó absolutamente épica, majestuosa. Cuando vimos el setlist antes del concierto ya comentamos que esta podía quedar estupendamente bien con la orquesta, y así fue. “Mis cenizas” levantó una vez más al público, que ya no se sentó más, ya que nada más terminar esta, Jorge Escobedo, quien se encontraba entre las primeras filas del patio de butacas, dio comienzo al riff de “Diez años”. Es difícil describir con palabras lo que fue aquello, pero fue muy grande.

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Tras una cerrada ovación, y la ya casi obligatoria foto de todos sobre el escenario con un Palacio de Congresos detrás lleno hasta la bandera, nos retiramos con la sensación de haber vivido algo especial y único, si bien es cierto que de manera diferente a como vivimos los conciertos “normales”.

Un nuevo hito en la carrera de Sôber, y ya van…

Texto: Alberto López
Fotos: Mario López