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Europe en Madrid: cuarenta años después, la cuenta atrás no termina

Europe en Madrid: cuarenta años después, la cuenta atrás no termina

Europe + The Damn Truth – 10 de Octubre 2026 – La nueva Cubierta (Leganés -Madrid)

La reciente publicación de Come This Madness no impidió que Europe regresaran a Madrid con la mirada puesta en el pasado. Los suecos aterrizaron el 10 de octubre en La Cubierta de Leganés para celebrar los cuarenta años de The Final Countdown, un disco que cambió para siempre la dimensión de la banda y que sigue funcionando como un imán para varias generaciones.

No era la primera vez que Joey Tempest y compañía se embarcaban en una celebración de estas características: ya pasaron por España con motivo del 35 aniversario y, cinco años antes, registraron un álbum en directo para conmemorar los treinta. ¿Volveremos a verlos en el 45? Tratándose de Europe, nunca conviene descartar una nueva cita con su propia historia. La expectación que despiertan allá por donde pasan quedó patente con el sold out conseguido en Bilbao días antes, además de la respuesta que vienen encontrando en otras ciudades europeas.

La velada arrancó con The Damn Truth, encargados de poner el contrapunto más crudo y setentero a una noche marcada por la nostalgia. Procedentes de Canadá, el cuarteto lleva cerca de quince años reivindicando un hard rock de raíces clásicas, con cuatro discos publicados y una trayectoria que ha avanzado a razón de un álbum cada cuatro años, aproximadamente. Su entrada en escena, con la música de Jefferson Airplane como preludio, ya dejaba entrever por dónde iban a ir los tiros: rock de espíritu libre, guitarras protagonistas y una clara conexión con otra época.

Como suele suceder con las bandas invitadas, las condiciones no fueron precisamente las ideales para desplegar todo su potencial. Al menos, The Damn Truth contaron con una iluminación mínimamente digna, aunque el sonido llegó a saturar en algunos momentos y el espacio disponible sobre el escenario tampoco invitaba a demasiadas expansiones. Aun así, el grupo defendió su propuesta con convicción, consciente de que buena parte del público podía estar descubriéndolo aquella noche.

Para ello, optaron por repasar diferentes etapas de su discografía, una manera de presentar sus credenciales ante nuevos oyentes sin limitarse a promocionar únicamente su material más reciente. Aunque todavía tienen margen para ampliar su base de seguidores, no son precisamente unos desconocidos en nuestro país, donde han realizado un par de giras y visitado el Azkena Rock Festival. Buena parte de la personalidad del grupo recae en Lee-la Blum, una frontwoman de manual que se mueve por el escenario con una actitud impetuosa y una forma de cantar que no pasa desapercibida. Su manera de dirigirse al público y buscar constantemente su complicidad puede resultar cargante en algunos momentos, pero tampoco sería justo desmerecer una entrega que aporta carácter a la actuación.

En el apartado instrumental, Tommy Shemer fue uno de los grandes destacados de la noche. Incluso partiendo de canciones con estructuras y desarrollos algo simples, el guitarrista encontraba la manera de construir solos que elevaban el conjunto, con una intensidad a la que solo le faltaba incendiar la guitarra para terminar de redondear el espectáculo.

The Damn Truth tienen ideas, ganas y argumentos para seguir creciendo, aunque también necesitan mantener cierta continuidad discográfica. Con cuatro álbumes en casi quince años, los intervalos entre lanzamientos pueden jugar en su contra y hacer que parte del público pierda la pista de una banda que todavía tiene recorrido por delante. Bien es cierto que desarrollar una carrera musical desde Canadá, en una de las esquinas del mapa para buena parte del circuito europeo, no debe de ser precisamente sencillo. Esperamos que sigan componiendo, que su sonido continúe evolucionando y que no tarden demasiado en volver a España, esta vez con una gira propia que les permita disponer de más tiempo, espacio y mejores condiciones para demostrar todo lo que pueden ofrecer.

Tras el paso de los canadienses, una legión de técnicos despejó el escenario y montó el equipo de Europe ante la mirada expectante del respetable. Era una especie de liturgia, el ritual previo a una celebración que llevaba semanas recorriendo Europa. La estructura del concierto alternaba una primera parte centrada en sus trabajos más recientes con una segunda dedicada íntegramente a The Final Countdown. Tras unos segundos con el escenario vacío, un operario apareció con el inconfundible pie de micro blanco de Joey Tempest. El recinto rugió, las luces se fundieron a negro y comenzó el espectáculo.

Scandinavian Eyes, nueva incorporación al repertorio, abrió la velada con una envoltura marcadamente sinfónica, acompañada por paneles verticales que proyectaban imágenes relacionadas con la música. Walk the Earth mantuvo esa elegancia, con un sonido muy bien empaquetado y hasta bonito, aunque Tempest -aun comedido- parecía necesitar algo más de rodaje. La situación mejoró con Superstitious, donde el trabajo vocal colectivo elevó la interpretación y John Norum comenzó a exhibir su solvencia habitual a las seis cuerdas.

One on One pasó algo más desapercibida, mientras que Last Look at Eden y War of Kings recordaron que esos temas que hoy forman parte del repertorio habitual ya tienen más de una década de recorrido. A mitad de concierto llegó una de las grandes jugadas de la noche: Prisoners in Paradise. La balada conquistó La Cubierta, con los móviles iluminando el recinto y una interpretación en la que Tempest y Mic Michaeli encontraron el equilibrio perfecto entre emoción y melodía. Un momento que recordó que Europe siempre han tenido más argumentos que sus grandes himnos.

Después llegó The Cult of Ignorance, que aportó movimiento y obtuvo una respuesta más animada. La banda iba encontrando su sitio y la temperatura del concierto subía progresivamente. Con On Broken Wings, cara B de la época de The Final Countdown, comenzó a asomar la parte más nostálgica del repertorio, que enlazó con Rock the Night y Carrie. La respuesta al estribillo de esta última fue espectacular, con los móviles, las voces y la emoción compartida convirtiendo la interpretación en uno de los grandes momentos de la noche.

Danger on the Track, sencilla, directa y pegadiza como un chicle, también fue celebrada con entusiasmo. Ninja, una de esas joyas que esconde el álbum, supuso otra agradable recuperación, mientras que Cherokee convirtió de nuevo el recinto en un coro colectivo. El repertorio de 1986 conserva una capacidad de convocatoria que va mucho más allá de la canción que da nombre al disco. Con Time Has Come, una balada que fue creciendo de menos a más, el grupo preparó el terreno para el tramo final de la celebración.

A partir de ahí, las revoluciones siguieron aumentando. Heart of Stone aportó su sencillez bailable, On the Loose puso a todos a darlo todo y Love Chaser volvió a demostrar que no hacen falta demasiadas complicaciones cuando una melodía funciona y el público conoce cada giro. Tempest había dejado atrás las reservas iniciales para defender y disfrutar los temas con una entrega absoluta, sin perder un movimiento ni dar muestras de flaqueza.

El resto de la banda cumplió con creces. John Levén permaneció en un segundo plano, aportando desde el bajo el músculo necesario para sostener el entramado de Michaeli, cuyos teclados tuvieron una presencia especialmente reconocible durante buena parte de la noche. Ian Haugland firmó un trabajo técnico y preciso detrás de su batería, mientras que Norum, tan nórdico e imperturbable como siempre en el lado izquierdo de Tempest, disparó riffs y solos con esa clase que lleva décadas definiendo su manera de tocar.

Y entonces llegó The Final Countdown, reservada para el cierre, provocando una nueva explosión colectiva entre saltos, voces y brazos en alto. El recinto volvió a venirse abajo mientras el público cantaba como si aquellos cuarenta años no hubieran pasado mientras que Norum sacó a relucir una vez más uno de esos solos que merecen mucho más reconocimiento del que a veces reciben, eclipsados históricamente por el omnipresente tinonino de los teclados. Un final a la altura de una celebración que había convertido La Cubierta en una auténtica fiesta colectiva.

La nostalgia jugaba un papel evidente en esta gira, y basta observar el salto de La Riviera a un recinto de mayor capacidad como La Cubierta para entender el tirón que conserva aquel álbum cuatro décadas después. La parte menos positiva es pensar que una buena parte de quienes llenaron el recinto quizá no vuelva cuando Europe regresen para presentar Come This Madness. Sería una pena, porque el grupo se merece que se escuche también su presente, no solo un pasado extraordinario que ya ha quedado suficientemente reivindicado.

Estos cuarenta años son motivo de celebración, pero también una buena excusa para reivindicar todo lo que Europe han seguido construyendo desde entonces. Y, ya que estamos de aniversarios, ahí va una petición: ¿por qué no hacer algo parecido con Out of This World, que en 2028 cumplirá cuarenta años? Mientras llega ese momento, nos quedamos con una noche de clásicos, recuerdos y un público entregado. y…

Daaaanger-on-the-track (oh-oh).

Texto: David Aresté
Fotos: Susana Manzanares

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