A veces hay bandas que bajan en popularidad (por el motivo que sea), pero que cuando se deciden a celebrar el material que en su día les valió reconocimiento a gran escala, la gente responde. Y eso fue exactamente lo que pasó con Wolfmother en una Sala Razzmatazz 2 prácticamente llena, con un ambiente excelente y un calor sofocante que no impidió que el público barcelonés respondiera desde el primer minuto a una de las grandes citas de rock clásico del verano, que además era el saldo de una deuda por la cancelación de la banda a última hora en el Rockfest del año pasado. La excusa era perfecta: celebrar el vigésimo aniversario de su álbum de debut, ese disco homónimo que en 2005 devolvió al primer plano el hard rock de inspiración setentera con una personalidad arrolladora. Y Andrew Stockdale y los suyos (James Wassenaar al bajo y Brett “Wolfie” Wolfenden a la batería) no decepcionaron, construyendo un repertorio centrado casi por completo en aquel trabajo y rescatando también algunos cortes de Cosmic Egg, su segundo álbum.
Abrieron la velada Mapogos, una banda de Barcelona que se autodefine como “stoner rock y punk rock”, aunque personalmente los encasillaría casi más en una vertiente stoner metal. Moi Marí, Ángel Rueda y Eric Solé disfrutaron de 55 minutazos (todo un lujo para una banda telonera local) durante los que se quedaron a gusto repasando temas de su catálogo como “No más trofeos”, “Lionman”, “Aléjate de mí” o “El último mamut” antes de dar paso a Stockdale y los suyos.
El set de Wolfmother arrancó como un auténtico cañonazo. “Dimension”, “White Unicorn”, “Woman” y “Apple Tree” llegaron prácticamente sin dar un respiro, dejando claro desde el principio cuál iba a ser la filosofía de la noche: riffs gigantescos, mucha pegada y un sonido tan contundente como reconocible. La banda sonó compacta y Stockdale, pese a algún exceso de delay en la voz durante algunos momentos, demostró seguir siendo un frontman con un carisma muy especial. No dejó de sorprenderme que, pese a ser una banda que se caracteriza por un carácter completamente retro en su sonido, no se viera ni un solo amplificador sobre el escenario: tanto la guitarra como el bajo se procesaban digitalmente para salir directamente a la mesa de sonido. Curioso cuanto menos.
El tramo central perdió algo de intensidad. Temas como “Pyramid”, “Mind’s Eye”, “New Moon Rising” o “California Queen” mantuvieron el nivel musical, pero el concierto pareció entrar en una pequeña meseta. No fue un bajón preocupante, pero sí un momento en el que la energía inicial se relajó ligeramente. Afortunadamente, Wolfmother supo administrar perfectamente sus mejores cartas para el desenlace. “Colossal” preparó el terreno antes de que “Joker and the Thief” explotara como uno de esos finales que justifican por sí solos el precio de la entrada. La sala terminó completamente entregada ante una interpretación demoledora de uno de los grandes himnos del rock de este siglo.
Y cuando parecía que todo había terminado, todavía quedaba un último regalo. El bis empezó con “Love Train” y se acabó convirtiendo en un homenaje a dos de las bandas que más claramente han influido en el sonido de Wolfmother: primero una incendiaria versión de “Paranoid” de Black Sabbath y, para cerrar definitivamente la noche, un vibrante “Rock and Roll” de Led Zeppelin que convirtió Razzmatazz en una auténtica fiesta.
Puede que el concierto tuviera algún pequeño altibajo, pero el balance final fue claramente sobresaliente. Wolfmother demostraron que, veinte años después de aquel debut que los lanzó al estrellato, siguen siendo una máquina perfectamente engrasada cuando se trata de hacer lo que mejor saben: ofrecer rock sin artificios, potente, directo y divertido. Barcelona respondió como la ocasión merecía, y ellos devolvieron el favor con una actuación a la altura de su legado.
Texto y fotos: Edko Fuzz
