El 28 de noviembre de 2005, The Darkness lanzó One Way Ticket to Hell… and Back, su segundo álbum de estudio, bajo la producción de Roy Thomas Baker, legendario por sus trabajos con Queen. Veinte años después, el disco sigue dividiendo opiniones, pero su valor como testamento del espíritu grandilocuente y provocador del rock de mediados de los 2000 es incuestionable.
Tras el éxito rotundo de Permission to Land (2003), que los catapultó como una de las bandas más inesperadas y explosivas del nuevo milenio, The Darkness optó por la vía más peligrosa: subir la apuesta. One Way Ticket… no solo pretendía igualar su debut, sino superarlo en todo. Más producción, más instrumentación, más locura. El resultado fue un álbum que rozó el exceso absoluto, y por ello mismo, se ha ganado un lugar icónico en la historia reciente del rock británico.
Desde la introducción de flauta andina en “One Way Ticket”, pasando por las gaitas escocesas en “Hazel Eyes”, hasta el uso de sitares, sintetizadores vintage y marchas militares, el disco es un carnaval barroco de sonidos. Roy Thomas Baker, conocido por su amor por la producción extravagante, empujó al grupo al límite, tanto en el estudio como creativamente. Dan Hawkins confesó años después que la producción alcanzó el millón de libras.
Y sin embargo, bajo esa capa de absurdo técnico y teatralidad, hay canciones memorables. “Is It Just Me?” y “One Way Ticket” fueron éxitos en listas y continúan siendo infaltables en los conciertos de la banda. “Hazel Eyes”, favorita del bajista original Frankie Poullain, tiene ese raro equilibrio entre lo ridículo y lo irresistible, capaz de convertir cualquier pista de baile en un pequeño caos celta. “Bald” y “Seemed Like a Good Idea at the Time” muestran un lado más introspectivo y oscuro de la banda, mientras que “Girlfriend” y “Dinner Lady Arms” mantienen viva la vena humorística y glam que los definió desde el inicio.
Es imposible hablar del álbum sin mencionar las tensiones internas. Durante la grabación, Poullain dejó la banda, lo que provocó que Dan Hawkins se hiciera cargo del bajo en el estudio. Aunque Richie Edwards sería oficialmente presentado como bajista poco después, el golpe fue evidente. La cohesión que definía al cuarteto en su debut comenzaba a resquebrajarse, y el propio Justin Hawkins, con problemas personales y de adicción, abandonaría el grupo al año siguiente. Así, One Way Ticket to Hell… and Back se convirtió también en el principio del fin para la formación original.
Pese a las críticas mixtas, el álbum alcanzó el puesto 11 en el UK Albums Chart y fue certificado platino en el Reino Unido. Q Magazine lo colocó entre los 25 mejores discos de 2005, una distinción que muchos consideraron audaz en su momento, pero que con el tiempo ha cobrado más sentido. A dos décadas de su lanzamiento, el álbum no suena como un producto de su época: suena como una explosión fuera del tiempo, un acto de rock sin medida, sin vergüenza y, por momentos, sin filtro.
En retrospectiva, One Way Ticket to Hell… and Back es tanto una celebración como una advertencia. Es lo que ocurre cuando una banda talentosa decide ignorar todas las señales de precaución y acelera a fondo por la autopista del exceso. No es perfecto, y probablemente nunca lo pretendió ser. Pero es memorable, entretenido, y sobre todo, honesto en su excentricidad.
Y mientras el álbum celebra sus veinte años, The Darkness sigue adelante con su incombustible espíritu escénico: a finales de octubre, la banda estará tocando en varias ciudades de España, recordando —con riffs, falsetes y mucha teatralidad— que el viaje al infierno aún no ha terminado.
David Aresté
