Hay discos que pertenecen a una época y otros que terminan convirtiéndose en parte de ella. El Ángel Caído, tercer trabajo de estudio de Avalanch, cumple veinticinco años como una de las obras fundamentales de la banda asturiana y uno de los títulos clave del heavy metal en castellano a comienzos de siglo.
Cuando apareció en 2001, Avalanch ya había dejado atrás la condición de promesa. La llama eterna y, especialmente, Llanto de un héroe, habían situado al grupo entre los nombres destacados del metal nacional. Alberto Rionda, sin embargo, quería ampliar las fronteras de su propuesta. El resultado fue un álbum más ambicioso y diverso, que partía del power metal.
Guitarras dobladas, velocidad, teclados, coros y grandes estribillos conviven con pasajes acústicos y composiciones de mayor desarrollo. Rionda empieza a plantear las canciones desde una perspectiva más global, buscando crear atmósferas y reforzar el componente narrativo.
La introducción “Hacia la luz” desemboca en “Tierra de nadie”, una de las mejores cartas de presentación posibles. El riff tiene la contundencia esperable, pero la canción adquiere otra dimensión gracias a una letra que aborda el racismo y la intolerancia. Avalanch demuestra que la épica podía servir también para hablar de problemas mucho más cercanos.
Si Rionda es el responsable de la arquitectura, Víctor García aporta uno de los rasgos que hacen reconocible al álbum desde el inicio.
Su voz no destaca únicamente por la potencia. Hay una personalidad concreta en su manera de frasear y atacar las melodías, capaz de aportar agresividad y vulnerabilidad. “Tierra de nadie”, “Levántate y anda” y “Corazón negro” son buenos ejemplos.
Pero es en “Xana” donde probablemente alcanza su mejor equilibrio.
La canción toma un elemento de la mitología asturiana y lo convierte en una historia de amor y pérdida. Avalanch deja que la melodía conduzca la composición, construyendo uno de los momentos más reconocibles del disco.
Los elementos asturianos evitan que el álbum quede reducido a una reproducción de los códigos del power metal europeo. “Xana” y el cierre instrumental de “Santa Bárbara”, ligado a la tradición minera, refuerzan esa identidad.
El concepto de El Ángel Caído parte de una premisa religiosa y mitológica, pero el disco está mucho más interesado en el ser humano que en los ángeles.
La libertad, la culpa, el amor, la muerte, la intolerancia o la relación entre Dios y el hombre aparecen a lo largo del relato. No siempre lo hace con sutileza —la grandilocuencia forma parte del ADN del género—, pero sí con una ambición poco habitual en el panorama nacional.
En ese contexto funcionan especialmente bien canciones como “Levántate y anda”, “Alma en pena” o “Delirios de grandeza”. Esta última resume perfectamente una de las grandes virtudes de Rionda: construir melodías accesibles y memorables sin abandonar el carácter metálico.
Precisamente esa ambición constituye también uno de los puntos discutibles del disco.
El Ángel Caído quiere abarcar mucho, y en algunos momentos se nota. Hay desarrollos que podrían haberse condensado y determinados arreglos y sonidos están inevitablemente ligados a la producción de comienzos de los 2000. Algunos teclados, coros y decisiones de mezcla pueden resultar hoy menos naturales que las propias composiciones.
La mayor demostración de esa ambición llega con “Las ruinas del Edén”, dividida en tres partes y planteada prácticamente como una pieza teatral. El enfrentamiento entre Dios y el Hombre lleva el concepto hasta sus últimas consecuencias, mientras la participación de Leo Jiménez añade otro elemento vocal al desenlace.
También resulta imposible separar el disco de la formación que lo grabó.
Junto a Alberto Rionda y Víctor García encontramos a Alberto Ardines, Roberto García, Francisco Fidalgo e Iván Blanco, una alineación que terminaría siendo irrepetible. La posterior salida de García y Ardines, que acabarían formando WarCry, convierte el álbum en un punto de inflexión dentro de la historia del grupo.
Estamos ante la culminación de una etapa y el momento exacto en el que confluyeron unas determinadas composiciones, músicos y circunstancias.
Con veinticinco años de perspectiva, El ángel caído puede analizarse sin necesidad de convertirlo en un álbum intocable.
Tiene excesos. Tiene momentos marcados por las tendencias de producción de su tiempo. Y no todas sus composiciones poseen el mismo nivel.
“Tierra de nadie”, “Xana”, “Levántate y anda”, “Delirios de grandeza” o “Las ruinas del Edén” forman parte de una etapa especialmente fértil del heavy metal español y explican por qué este álbum terminó adquiriendo una dimensión que iba mucho más allá de la trayectoria de Avalanch.
La posterior regrabación por su decimoquinto aniversario demostró que aquellas composiciones podían trasladarse a otra formación y producción. La grabación de 2001, sin embargo, es el documento de una banda que había alcanzado su punto de equilibrio antes de iniciar una nueva etapa.
El Ángel Caído fue ambicioso, melódico, teatral y, por momentos, excesivo. Precisamente por eso resulta tan representativo de Avalanch.
Un cuarto de siglo después, más que celebrar una cifra, toca reconocer el lugar que ocupa: uno de los grandes discos de una generación que consiguió que el heavy metal cantado en castellano dejara de mirar constantemente hacia fuera para empezar a construir su propio espacio.
David Aresté
