Hace ya bastantes años, probablemente en 2012, a mi esposa y a mí nos llamó la atención un crucero que se organizaba en Estados Unidos. El nombre: Monsters of Rock Cruise. El concepto: un crucero por el caribe con bandas de rock tocando mientras el navío surca las olas. El cartel de ese año incluía nombres como Cinderella, Tesla, KIX, Night Ranger, FireHouse, Y&T, Faster Pussycat o Bang Tango, entre otros; en definitiva, un auténtico paraíso para dos fans como nosotros del hard rock americano de mediados y finales de los ochenta y toda la escena del Sunset Strip.
Con el paso de los años, las ediciones del crucero se fueron sucediendo, y el cartel siempre era muy llamativo si te gustaba este género. Durante todas esas ediciones el barco vio pasar otros nombres como Winger, L.A. Guns, Queensrÿche, Autograph, Tyketto, Black ‘N’ Blue, The Winery Dogs, Extreme, Joe Satriani, Junkyard y un larguísimo etcétera, aparte de abrirse a bandas internacionales como The Quireboys, Michael Monroe, Rose Tattoo o Electric Boys, por poner unos pocos ejemplos.
Cada año sucedía lo mismo: «Este año deberíamos ir», y al final, claro, no íbamos. Los altos precios y las fechas delicadas (normalmente entre febrero y abril, dependiendo del año) hacían difícil el poder acudir. Pero eso terminó cuando llegó la edición de 2025. Necesitábamos una excusa, y fue que parece que Winger van a decir adiós dentro de muy poco (de hecho ya han anunciado sus últimos shows en varios países), y como en casa tengo una fanática total de esta banda, pues decidimos dar el paso. Por supuesto, Winger iban a estar muy bien acompañados por Tesla, Extreme, Michael Monroe, Michael Schenker, Stephen Pearcy, Night Ranger, Slaughter, L.A. Guns, Hardcore Superstar o Eclipse, entre muchísimos más nombres. No se puede negar que una gran parte del cartel se va repitiendo año tras año, pues al fin y al cabo, tampoco quedan tantas bandas de este género que muevan a mucha gente (y menos al precio que cuestan los pasajes).
Las gestiones para conseguir los pasajes al paraíso son bien sencillas y son todo facilidades. Para empezar, te permiten pagar el pasaje (de camarote interior sin ventana, por supuesto), a plazos, y la verdad es que la comunicación de la organización es bastante abundante y eficiente. Con los vuelos y los pasajes en la saca, solo faltaba esperar a las fechas señaladas: del 10 al 15 de marzo de 2025 en el Norwegian Joy, un mamotreto gigantesco de 20 cubiertas que zarparía de Miami y nos llevaría a dar una vueltecita por las Bahamas antes de volver al puerto de origen. Durante el trayecto, cinco días de conciertos y actividades paralelas que prometían ser una locura.
Tras aprovechar unos días para visitar Miami (nunca habíamos estado; spoiler: no vale demasiado la pena), nos reunimos con nuestros amigos y colegas en esta santa casa, Susana y David, para ir hacia el puerto y subir al barco, ya que decidimos no acudir a la fiesta previa al crucero que se hizo la noche antes de embarcar. Hay que tener en cuenta que yo no había ido a un solo crucero en mi vida antes, así que esto iba a ser toda una experiencia a todos los niveles. Lamentablemente, el crucero ya empezaba afectado por un hecho externo, pues una desgracia personal precisamente en otro crucero justo antes del nuestro hizo que Taime Downe y Faster Pussycat se cayeran del cartel.
Tras un proceso de embarque bastante desordenado y caótico (hasta un novato como yo se dio cuenta de eso), por fin pudimos encarar las rampas que nos conducían hacía la embarcación, y qué mejor manera de pasar el rato que charlando un rato con una eminencia de esta movida como es Dana Strum, líder y bajista de Slaughter. Y es que claro, esa es una de las gracias del crucero: sabes que los artistas están a bordo contigo, por lo que es inevitable acabar encontrándotelos a todos (o a casi todos).
Una vez a bordo, fuimos a nuestro camarote que, a pesar de ser pequeño, nos sorprendió para bien, y ya armados con el programa del día nos dirigimos al escenario de la piscina para ver el concierto que nos vería zarpar: el de Wig Wam. Por desgracia, la lluvia apretó un poco y la banda tuvo que parar el set al segundo tema, pero los ánimos estaban por las nubes así que casi todo el mundo aprovechó para asaltar la tienda de merch, justo en la misma zona que ese escenario. Hay que tener en cuenta que muchas de las bandas crean camisetas especiales para la ocasión, conmemorando la efeméride de tocar en un barco, con lo que los fans se lanzan a por ellas y, si te despistas, te puedes quedar sin.
Cargados de camisetas, y a pesar de que Wig Wam pudieron volver al escenario, decidimos ir al teatro del barco a presenciar el primer bolo grande, el de Stephen Pearcy y su banda de mercenarios interpretando temas de RATT. Pearcy se presentó con una banda que incluía a nombres como Johnny Monaco (Enuff Z’Nuff, L.A. Guns entre otras) o Blas Elias (Slaughter, Trans-Siberian Orchestra) y dio un repaso a auténticos clásicos de nuestro género como «You’re In Love», «Back For More» o, por supuesto, «Round And Round» con un sonido bastante potente. El tipo está bastante demacrado, pero como nunca ha sido un gran cantante ni frontman, y la banda que lleva es competente, el show fue bastante disfrutable. La verdad es que la cosa pintaba muy bien.
Estar en el Monsters of Rock Cruise puede resultar bastante abrumador, especialmente porque no solo hay conciertos. La cantidad de actividades paralelas que se organizan puede llegar a marear: clínics de guitarra (¡con George Lynch!), concursos de guitarreo de cruceristas con jueces como Joel Hoekstra (!) o Nuno Bettencourt (!!), sesiones en las que los fans pueden preguntar lo que quieran a su banda favorita (estuvimos en las de Tesla y Michael Monroe y ambas fueron muy interesantes y divertidas), carreras de karts en el circuito del barco compitiendo con miembros de las bandas (habéis leído bien, amigos), un calco de concurso televisivo por equipos muy cachondo presentado por el mismísimo Kip Winger (y en el que participaban miembros de las bandas como el propio Todd Kerns), concursos de cupcakes, shows de comedia en el que aparte de profesionales del gremio como Don Jamieson también se atrevían algunos miembros de bandas… Una auténtica locura.
Lo primordial es saber que no vas a poder llegar a todo e intentar hacerte tu lista de prioridades. En este aspecto, el Monsters of Rock Cruise no difiere demasiado de cualquier otro festival al uso. Lo distinto en este son todas estas actividades paralelas, que también te privan de ver conciertos, y que a la hora de comer te vas al bufé a decidir entre comida india, italiana o mexicana en lugar de comerte una pizza guarra (un sitio, por cierto, en el que te encontrarás a Chris Holmes, a Jared James Nichols o a Robin McAuley las veces que haga falta).
Y es que esa es otra, un metajuego de estar a bordo del crucero es mirar a qué artistas te puedes encontrar. Algunos, como los mencionados en el párrafo anterior, te los encuentras hasta en la sopa, mientras que hubo dos o tres que no conseguimos verles el pelo fuera del escenario (estoy pensando en el propio Pearcy o en Michael Schenker, por ejemplo). Por lo general, los artistas se dejan ver (unos más, otros menos) y no es extraordinariamente raro estar en la cola del Starbucks con una leyenda como George Lynch detrás tuyo, o ver a gente como Sebastian Bach disfrutar del show de Michael Monroe, o a Roxy Petrucci de Vixen y Erik Martensson de Eclipse entrar a disfrutar de una sesión de Dueling Pianos (un show en un club pequeño del barco en el que dos tipos se retan a tocar canciones propuestas por el público en sus pianos. Una auténtica gozada). Por no hablar de pasarte un momento a ver un bolo de una banda tributo a Van Halen (Nerd Halen) y que, de repente, el mismísimo Nuno Bettencourt se suba al escenario, se calce la guitarra y se marque un «Hot For Teacher» espectacular (Bonus points: Pat Badger se sube a hacer coros también).
No es oro todo lo que reluce, por supuesto. Si no tienes una entrada VIP, te toca hacer cola y, como siempre, están los agonías que se ponen tres horas antes de que empiece un concierto (en general, la entrada a los bolos es libre, pero tanto en el teatro como en la Manhattan Room había que hacer cola si querías estar en las primeras filas… y no tenías entrada VIP, claro). Otro contra es que, como era de esperar, varias zonas del barco adaptadas para albergar conciertos no dan la talla a nivel sonoro. Por ejemplo, había dos espacios concretos (el Atrium y la Manhattan Room) que sonaban como el culo, aparte de que al apretar un poco el volumen aquello ya sonaba demasiado alto y deslucía las actuaciones (recuerdo especialmente el primer show de L.A. Guns en el Atrium, que se tuvo que reubicar porque al señorito Tracii Guns no le salió de los cojones tocar a las 17:00 en el escenario de la piscina «Porque hace demasiado calor». Ver para creer).
Y es que esa es otra: los horarios del crucero están milimetrados, pero cuando tienes todo tu planning hecho, se empiezan a suceder los cambios o los retrasos que empiezan a afectar a todo lo que va detrás. Recuerdo que el primer show de Extreme en el teatro (excelente, por otra parte) empezó con más de media hora de retraso, lo cual afectó al siguiente show que también quería ver en el mismo escenario, el de Michael Monroe (como siempre, de 10) y así todo el día. Bandas que cambian de escenario, bolos pospuestos al día siguiente, retrasos… un caos del que tienes que estar pendiente, ya que la organización va colgando carteles con las actualizaciones en los ascensores del barco y las zonas más concurridas, pero, aun así, es fácil despistarse.
La verdad es que este Monsters of Rock Cruise ha sido toda una experiencia. Hemos vivido bolos auténticamente alucinantes (mis dos favoritos, Tesla y Michael Monroe, ambos en la piscina), bolos cojonudos (el citado de Extreme, Michael Schenker en el teatro, Winger en la piscina, Tyketto en la piscina bajo un sol de justicia (aprende, Tracii), Tesla y Michael Monroe de nuevo…) y bolos más que correctos (Pearcy, Slaughter, Eclipse…). Incluso pudimos disfrutar de una curiosidad muy cachonda, como Joel Hoekstra (Whitesnake, Night Ranger) haciendo un matinal en acústico contra la resaca, repartiendo Bloody Marys entre el público e invitando a Danny Vaughn (Tyketto), Chris Childs (Thunder, Tyketto), Mike Vanderhule (Y&T) y Brandon Gibbs a sumarse a una fiesta de buen rollo, cachondeo, buena música y, por supuesto, «free shit!» bajo el sol caribeño.
También ha habido momentos para la decepción, como el atropellado y disperso show de Night Ranger (la única banda de todo el cartel que tocaba solo una vez en el barco) y el horror sonoro de Extreme en el show que cerraba los bolos de la piscina (cuesta de creer que fuera la misma banda que nos había hecho tocar el cielo un par de noches antes en el teatro).
Y, por supuesto, como todo tiene un final, el día 15 temprano por la mañana llegamos a Miami y había que volver a casa. Ya lo advierto desde aquí: es duro volver a la triste realidad, muy duro. Resulta muy fácil acostumbrarse a esto de estar en un crucero de lujo bajo el sol del caribe, escuchando bandas de hard rock, comiendo de bufé, echando buenas risas con amigos y disfrutando de la vida. Irremediablemente, lo único que puedes pensar al llegar a casa es: «¿volvemos el año que viene?». Se intentará 🙂
Texto y fotos: Edko Fuzz
Nota del autor: Posteriormente a la redacción de este artículo, se me comentó que Tracii Guns sufre un trastorno con ataques de pánico que, al parecer, se desencadenan con el calor, lo cual explicaría por qué el concierto de L.A. Guns en la piscina se reubicó, con todo el sentido del mundo.
Lo que no tiene tanto sentido es que, 1. La organización programara ese concierto en ese espacio a esa hora, probablemente sabiendo ya que Tracii sufría de esta dolencia, y 2. Que el propio Tracii no avisara con antelación a la organización de que le resultaría imposible tocar en ese espacio a esa hora (al fin y al cabo, estábamos en el Caribe y lo normal es esperar buen tiempo y calor). Mucha gente acudimos a ver el concierto y nos encontramos con una batería montada para Nerd Halen justo en ese momento. Desde aquí mando ánimos a Tracii Guns con su situación.
