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Maika Makovski y Kradiaw: 20 años del debut que marcó su identidad

Maika Makovski y Kradiaw: 20 años del debut que marcó su identidad

El próximo 4 de marzo, Maika Makovski celebrará en el Palau de la Música Catalana los veinte años de su carrera y, al mismo tiempo, las dos décadas de la publicación de Kradiaw. Será una noche especial, acompañada de numerosos invitados y en un enclave modernista único. En una celebración así, es fácil imaginar que sonará alguna canción de aquel primer disco que marcó el inicio del camino.

David Aresté

Cuando Kradiaw apareció en 2005, no sonó a tanteo juvenil, sino a una declaración de identidad firme. En el panorama alternativo español de la época destacó por su crudeza y su falta de concesiones. No buscaba encajar ni seguir tendencias, sino construir un universo propio, más cercano a cierta tradición indie anglosajona que a los códigos habituales del momento.

El disco se articula en torno a la idea del despojo emocional y las relaciones marcadas por el desequilibrio. No es un álbum de ruptura convencional, sino un recorrido por la fragilidad, la tensión y la toma de conciencia. Su fuerza reside en esa mezcla de vulnerabilidad y determinación que atraviesa las canciones sin caer en el exceso dramático.

Musicalmente, Kradiaw apuesta por la contención y la textura. A la base sólida formada por Juan Carlos Luque al bajo y David Martínez a la batería se suman aportaciones puntuales que amplían el color del disco sin romper su coherencia. La slide guitar de Joel García en “The Beauty You Possess” aporta un matiz áspero y atmosférico; sus guitarras adicionales en “Killing Bluebird”, junto con las intervenciones de Diego Güiz —responsable del solo final en “So Far Sober” y de guitarras en “Chill Out, Charles”— enriquecen el entramado sonoro con detalles precisos. En “Attitude” y “Animal”, los metales de Vangel Makovski (trompeta, trombón y mellophone) introducen una dimensión más expansiva que contrasta con la sobriedad dominante. Nada suena superfluo: cada colaboración suma carácter sin desviar el pulso central del álbum.

Con el tiempo, la carrera de Maika Makovski ampliaría registros y matices, pero en Kradiaw ya estaban presentes varias de las señas de identidad que la acompañarían después: intensidad, coherencia y una clara voluntad de explorar sin acomodarse. El álbum funciona hoy como un documento de origen, un punto de partida que conserva su energía intacta.

Veinte años después, Kradiaw no suena a reliquia, sino a disco vivo. Y el próximo 4 de marzo, cuando el Palau de la Música Catalana acoja la celebración de estas dos décadas de música, será inevitable mirar atrás y reconocer la importancia de aquel debut. Que algunas de sus canciones vuelvan a sonar en ese escenario emblemático será, sin duda, una forma perfecta de cerrar el círculo. Felicidades por estos veinte años de camino y por seguir sumando capítulos a una trayectoria que empezó, con fuerza, en 2005.

David Aresté
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