Hay discos importantes y hay discos que, casi sin proponérselo, terminan abriendo caminos por los que después transitarán generaciones enteras. Publicado en 1991, Gothic, segundo álbum de Paradise Lost, pertenece sin discusión a esta última categoría. Treinta y cinco años después, su oscuridad continúa intacta y su influencia resulta prácticamente imposible de medir.
Paradise Lost ya habían dejado claras sus intenciones un año antes con Lost Paradise, un debut áspero y primitivo que hundía sus raíces en el death y el doom metal. Pero fue en Gothic donde los británicos encontraron algo verdaderamente suyo. La brutalidad seguía presente, al igual que las cavernosas voces de Nick Holmes y unas guitarras capaces de aplastar todo a su paso, pero entre semejante pesadez comenzaron a filtrarse elementos mucho menos habituales: melodías profundamente melancólicas, teclados y arreglos orquestales, voces femeninas y una evidente sensibilidad procedente del rock gótico.
Paradise Lost no partían de cero. En su ADN convivían la pesadez de Black Sabbath y Candlemass con el espíritu aventurero de Celtic Frost, posiblemente uno de los precedentes más claros de aquella voluntad de llevar el metal extremo hacia territorios más oscuros y atmosféricos. A ello se sumaba la huella de la escena gótica británica de los ochenta, con The Sisters of Mercy, Siouxsie and the Banshees, The Cure o Southern Death Cult entre las referencias que ayudaron a ampliar su paleta sonora. Gothic recogió elementos de todos aquellos mundos y los convirtió en algo distinto.
El resultado era tan lúgubre como fascinante. Gothic no necesitaba recurrir constantemente a la violencia para resultar extremo; podía hacerlo también a través de la tristeza. Las guitarras de Gregor Mackintosh son fundamentales para entenderlo, dibujando melodías dolorosas y casi espectrales sobre los enormes riffs de Aaron Aedy. Canciones como “Dead Emotion”, “Rapture”, “Eternal” o “The Painless” construyen un paisaje desolador en el que conviven agresividad, romanticismo y una sensación de fatalidad permanente. Y presidiendo el conjunto se encuentra la monumental canción que da título al disco, perfecta síntesis de aquella revolucionaria colisión entre death, doom y oscuridad gótica.
Porque si algo engrandece a Gothic 35 años después es todo lo que vino detrás. Su influencia puede rastrearse en el desarrollo del death/doom y, especialmente, en la consolidación del metal gótico durante los años noventa. My Dying Bride y Anathema compartirían con Paradise Lost aquel histórico núcleo británico, mientras que The Gathering, Katatonia, Moonspell, Theatre of Tragedy, Lacuna Coil y multitud de formaciones posteriores recogerían, de maneras muy diferentes, algunas de las semillas plantadas aquí.
También para los propios Paradise Lost fue un punto de inflexión. Gothic demostró que la banda no estaba dispuesta a quedar encerrada dentro de los límites del death metal y anticipó esa inquietud evolutiva que acabaría convirtiéndose en una de las señas de identidad de toda su carrera. Sin este álbum resulta difícil imaginar Icon y Draconian Times, pero también buena parte de las posteriores transformaciones del grupo.
Tres décadas y media después, su producción puede sonar inevitablemente anclada a comienzos de los noventa. Su esencia, en cambio, no ha envejecido un ápice. Gothic sigue siendo incómodo, hermoso, opresivo y profundamente melancólico. Una obra nacida en los márgenes que terminó convirtiéndose en piedra angular de todo un género.
No es simplemente un clásico de Paradise Lost. Es uno de esos discos sin los que la historia del metal europeo estaría incompleta y que con toda seguridad algún tema sonará en la próxima Okkult Session en Barcelona que encabeza la banda.
Edko Fuzz
