Los Rebeldes – 20 de Febrero 2026 – La Sala (Movistar Arena – Madrid)
El pasado 20 de febrero, la sala anexa del Movistar Arena se convirtió en una auténtica máquina del tiempo. Los Rebeldes, a punto de cumplir casi 50 años de trayectoria, regresaban al formato sala tras cuatro años sin hacerlo —más allá de su actuación en un festival en 2025— para presentar Gente Estridente, su disco número 17 en estudio. Las puertas se abrieron a las 20:00 y a las 21:00, con el espacio completamente lleno, arrancó una noche que desde el primer acorde confirmó que no era un concierto más, sino una celebración compartida.
El repertorio había sido moldeado por los propios seguidores, lo que garantizaba un viaje por distintas etapas de la banda sin apenas respiro. El inicio fue fulminante: “Mediterráneo”, “Harley del 66” y “Eres especial” levantaron al público de manera inmediata. El grupo salió de punta en blanco, con sus guitarras Gretsch impolutas y una actitud elegante pero desafiante, de esas que se sostienen cuando hay oficio y convicción. Todo sonaba perfectamente engrasado, con potencia y claridad.



En “Eres especial” apareció Dani Nel·lo y el concierto dio un salto evidente en intensidad. Más cuerpo, más rock, más carácter. Su papel fue el de invitado y miembro al mismo tiempo; su pasado en la banda se notaba en la naturalidad con la que se integraba, dialogando constantemente con Carlos Segarra. A lo largo de la noche alternó saxo, armónica, voz e incluso guitarra, mostrando una faceta diferente a la de sus Mambo Jambo y convirtiéndose en el partenaire ideal sobre el escenario.
El nuevo EP tuvo su espacio con “Mañana veremos”, perfectamente encajada entre clásicos que el público coreaba de principio a fin. “El Rock del Hombre lobo” sonó contundente, “Inmabelle” —cantada por Nel·lo— fue uno de los momentos más celebrados, y canciones como “Ciudad donde nací” o “La vida es un tren” reforzaron esa sensación de estar recorriendo varias décadas en algo más de hora y media. Por el estilo y la naturaleza coral de muchos temas toda la banda hacía coros; eso obligó a desplegar varios pies de micro que, si bien restaban algo de cercanía visual en algunos instantes, contribuían a mantener ese espíritu compartido que define a la banda.
La producción acompañó con acierto, especialmente en el uso medido del humo, algo que se agradeció en una sala llena. A ello se sumó un trabajo de luces sencillamente sensacional, aportando mayor interés visual y complementando el show con cambios de color y atmósferas que subrayaban cada momento sin robar protagonismo a las canciones. En el tramo final, la intro de “Whole Lotta Shakin’ Goin’ On” junto a un guiño a Little Richard, evocando el espíritu más salvaje del primer rock and roll, sirvió de antesala para “Rebeca”, que el público recibió con auténticas ganas. Fue uno de esos guiños a las raíces más festivas del género, aunque dejó la sensación de resultar más corta de lo habitual, como si nadie quisiera que terminara tan pronto.



El cierre previsto en el setlist incluía “Corazón de rock and roll”, pero finalmente no sonó. En su lugar, “Mescalina” se convirtió en el broche definitivo. Sus poco más de tres minutos fueron exprimidos al máximo: presentaciones de la banda, agradecimientos sinceros y un último estallido de energía compartida que transformó la sala en una celebración colectiva. No hubo artificios ni grandes discursos, solo la convicción de un grupo que sabe perfectamente quién es y de dónde viene. Y quizá ahí resida la clave: después de casi medio siglo, siguen defendiendo el rock and roll con la misma mezcla de elegancia y rebeldía que les dio nombre, demostrando que mientras haya canciones y público dispuesto a cantarlas, el final de fiesta siempre será un nuevo comienzo.
Carlos Segarra ejerció de frontman total, del sombrero a las botas, comunicativo, cercano y firme en la voz, compartiendo solos con Miguel Ángel Escorcia, que aportó elegancia y actitud a las seis cuerdas y unos coros impecables. Celso Sierra, alternando contrabajo y bajo, sostuvo junto a Nacho Álvarez una base rítmica sólida y con momentos claramente rockabilly que dieron carácter a muchas canciones.



No hubo merchandising —el EP no ha salido en formato físico—, algo que muchos echaron en falta al terminar. La sensación final fue de satisfacción absoluta. Casi medio siglo después, Los Rebeldes no solo viven de su legado: lo mantienen vivo, lo actualizan y lo celebran. Y noches como la del 20 de febrero demuestran que todavía tienen mucho que decir sobre un escenario.
David Aresté
Fotos: Susana Manzanares



