Iron Maiden + Avatar – 5 de Julio 2025 – Estadio Riyadh Air Metropolitano (Madrid)
Iron Maiden volvió a Madrid y lo hizo por todo lo alto: sold out absoluto en el Estadio Metropolitano, en una de las fechas más esperadas de su gira “Run for Your Lives”, con la que celebran nada menos que 50 años de carrera. Una cifra imponente para una banda que no solo sigue en activo, sino que aún llena estadios y genera tanta expectación como en sus mejores tiempos. A diferencia del anterior “The Future Past Tour”, donde alternaban temas recientes con clásicos, esta gira es una carta de amor al fan de toda la vida. Nada de concesiones a los discos más modernos: solo material de sus nueve primeros álbumes, lo que la convierte en un verdadero festín para los nostálgicos y los más puristas del catálogo de los Maiden.
Como aperitivo oscuro y teatral, Avatar volvía a ejercer de telonero de lujo. No era la primera vez que los suecos abrían para los británicos en territorio español, pero sí una de las más singulares: bajo el sol implacable de julio y con su circo macabro desplegado a la luz del día, ofrecieron un espectáculo breve pero impactante.
El reloj marcaba las 19:30 cuando apareció en escena un hombre encapuchado que, en tono ceremonial, subió lentamente por la escalinata situada frente a la batería y depositó en ella un gran regalo envuelto. Lo abrió con solemnidad y, como si de un número de magia se tratase, un globo rojo emergió de su interior. Lo sostenía Johannes Eckerström, el vocalista y maestro de ceremonias de la banda, que ya comenzaba a calentar a un público aún entrando en calor. A la señal de explotar el globo, comenzó “Dance Devil Dance”, primer tema de un set diseñado para hacer temblar la tarima y sumergir al público en el universo circense y distorsionado que define a Avatar.
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Desde ese primer minuto, Eckerström fue el epicentro de todas las miradas. Su interpretación de su rol como The Clown es pura energía teatral: magnético, inquietante y carismático, arrancó vítores desde todos los sectores del estadio con cada gesto, cada mueca y cada frase. Enfundado en múltiples capas de ropa imposibles de llevar con las temperaturas reinantes, su estado físico sorprendía tanto como su despliegue vocal, oscilando sin esfuerzo entre guturales profundos y agudos imposibles.
Mientras él se movía de un lado a otro del escenario con expresividad frenética, el resto de la banda mantenía una presencia casi estática. Jonas Jarlsby, Tim Öhrström, Henrik Sandelin y el batería John Alfredsson optaron por el hieratismo escénico, interrumpido únicamente por los demoledores momentos de headbanging sincronizado en los pasajes más intensos de los temas, reforzando la sensación de vendaval sónico. Alfredsson, desde su batería, llevó la batuta con ritmos casi marciales que marcaban el paso del resto del grupo, su única forma de interacción escénica real.
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El logo gigante de Avatar, situado tras la batería y que actuaba como luminoso escénico, quedó tristemente deslucido por la claridad del día. Un detalle que evidencia la dificultad de trasladar una estética tan visual y oscura a un show al aire libre a plena luz, donde se pierde parte del impacto dramático que tanto cuidan.
Musicalmente, el grupo ofreció un set compacto y sin fisuras. Tras “Dance Devil Dance” sonaron clásicos y nuevas joyas: “The Eagle Has Landed”, “Captain Goat”, “In the Airwaves” y “Bloody Angel” fueron recibidas con entusiasmo, mientras que “The Dirt I’m Buried In” y “Smells Like a Freakshow” desataron la locura con sus riffs demoledores y una energía de alto octanaje. El cierre con “Hail the Apocalypse” fue tan efectivo como apoteósico.
Avatar continúa presentando en directo su último álbum, Dance Devil Dance, y demuestra en cada concierto que su propuesta va mucho más allá de lo musical: es una experiencia sensorial, teatral y visceral. No obstante, su verdadera dimensión artística se revela en ambientes más controlados, donde luz y sonido pueden alinearse con la estética del grupo.
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En febrero regresan con gira propia en salas, y ahí, sin el peso del sol ni la rigidez del papel de teloneros, veremos a Avatar desplegar todo su potencial. Mientras tanto cumplieron con creces su papel en esta gira: abrieron con precisión, con carácter y con un despliegue escénico que, pese a las limitaciones del horario, dejó claro que su mundo sigue siendo tan fascinante como perturbador.
Ya con el escenario listo y siguiendo unos horarios tan británicos como la banda misma, sonaba por megafonía el clásico “Doctor Doctor” de UFO, preámbulo obligado que despertaba una ovación instantánea, sabiendo todos lo que venía a continuación. Como introducción visual, lejos de hacer un repaso convencional de su carrera, se proyectó un vídeo espectacular al ritmo de la instrumental “The Ides of March”, donde se nos mostraba un mundo paralelo lleno de referencias visuales a los lugares emblemáticos donde tocaba la banda en sus inicios y a cada uno de los discos homenajeados esa noche, gracias a unas pantallas LED monumentales que flanqueaban el escenario. Como decíamos, con esta evolución escénica, los antiguos telones que caían canción tras canción en otras giras ya parecen cosa del pasado. El resultado, sin duda, fue más inmersivo y “real” que nunca.



Y entonces sí, sin tregua, empezaron los acordes de “Murders in the Rue Morgue”, y con ella, una avalancha imparable de clásicos. Siguieron “Wrathchild”, “Killers” y una intensa “Phantom of the Opera”, dejando claro que esto no era un show más. Como decíamos, la ausencia de Nicko McBrain por motivos de salud se notaba emocionalmente, pero Simon Dawson, desde el banquillo de British Lion, cumplió sobradamente con la responsabilidad que le tocaba, aportando solidez y precisión.
El sonido del Metropolitano, por desgracia, volvió a ser un punto flaco: con algunas subidas y bajadas de volumen y el micro de Bruce Dickinson tardando en activarse en varios momentos, haciendo que se perdiera alguna entrada vocal. Aun así ha habido noches peores en ese estadio, y al final, la entrega del grupo y del público compensaron e incluso superaron cualquier deficiencia técnica.



Eddie no faltó a la cita, apareciendo primero durante “Killers” y luego en “The Trooper”, imponente y con un nivel de detalle más realista que nunca, demostrando que la banda no solo mantiene su música, sino también su teatralidad a gran escala. El público, completamente entregado, cantaba cada nota, cada verso. Fue verdaderamente impactante escuchar cómo el estadio rugía con “Run to the Hills”, “Hallowed Be Thy Name” y “Fear of the Dark”, hasta el punto de preguntarse si incluso un partido del Atlético puede generar esa intensidad emocional de tan alto octanaje.
Como decíamos antes, entre tanto clásico, es inevitable sentir la falta de algunas canciones, pero fue un lujo inesperado volver a escuchar “The Clairvoyant”, “Powerslave” o “Murders in the Rue Morgue”, y aún más, ver cómo se desenvolvía la larguísima y legendaria “Rime of the Ancient Mariner” en un formato tan masivo, con unas proyecciones hechas para la ocasión, que enriquecieron y transmitieron de forma impecable el cooncepto del poema del siglo XVIII de Samuel Taylor Coleridge. Bruce Dickinson, a sus 66 años, se mantuvo como el verdadero centro emocional del concierto. Su voz, aún poderosa, supo alternar potencia y control, pero fue su capacidad interpretativa lo que volvió a dejar a todos boquiabiertos. Sus interpretaciones teatrales en canciones como “Hallowed Be Thy Name” o “Fear of the Dark” ya forman parte de la esencia misma de los shows de Maiden, y siguen marcando la diferencia.



El final fue el broche perfecto: tras “Iron Maiden” donde la banda nos presentó y Eddie novedoso e hiper realista que se encargó incluso de desenchufar las luc,es del escenario y el descanso para los bises, sonaba el ya clásico “Churchill’s Speech”, y por un momento todos pensamos en el avión que surcaba los cielos en la gira “Legacy of the Beast” durante “Aces High”, pero esta vez, la batalla aérea se vivió en las pantallas, donde Eddie pilotaba una avioneta en plena Segunda Guerra Mundial, con un nivel de realismo que arrancó ovaciones. Siguieron “Fear of the Dark” con una participación sobreasaliente por parte del público coreando cada linea musical y la siempre nostálgica “Wasted Years”, antes de cerrar con la ironía habitual del “Always Look on the Bright Side of Life” de Monty Python, como despedida final.
En definitiva, Iron Maiden celebró en Madrid sus cinco décadas de existencia con una lección de historia, música y fidelidad absoluta. Una banda que transgrede lo temporal, con una legión de fans que abarca todas las edades, vimos abuelos, padres y nietos enfundados en camisetas con Eddie como protagonista, familias y gentes e todas las edades, porque Iron Maiden son algo más que una banda y aunque los años pasan, el espíritu sigue intacto: la Doncella sigue viva, y sigue siendo eterna. Iron Maiden volvieron a dar una lección más de Heavy Metal.



Texto: David Aresté
Fotos: Susana Manzanares



