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Maika Makovski: veinte años de música, un Palau y una noche irrepetible

Maika Makovski: veinte años de música, un Palau y una noche irrepetible

Hay conciertos que funcionan como una celebración y otros que terminan convirtiéndose en un documento de una trayectoria. Live – Palau! pertenece a los dos grupos. Maika Makovski ha escogido una noche especialmente significativa, la del 4 de marzo en el Palau de la Música Catalana, para repasar veinte años de carrera acompañada por músicos que han formado parte de su historia y por invitados que ayudan a reconstruir, desde diferentes perspectivas, el camino recorrido durante estas dos décadas.

Y quizá por eso tenga sentido que el concierto no arranque buscando el impacto inmediato. Normalmente un directo necesita energía desde los primeros compases, pero el Palau y la naturaleza de esta celebración pedían otra cosa. When The Dust Clears abre el disco de manera onírica, cruda, orgánica y frágil, llena de pequeños detalles que van apareciendo poco a poco. Es una puerta de entrada perfecta para una noche que pretende recuperar diferentes etapas de la carrera de Makovski sin convertirlas en una simple sucesión de recuerdos.

Exotic Ingredients introduce una faceta más cercana al pop, con un estribillo pegadizo que gana cuerpo con los violines, antes de que Body nos lleve directamente al universo de Desaparecer. Si hay un trabajo especialmente orgánico dentro de la trayectoria de Makovski es aquel disco nacido alrededor del espectáculo sobre Edgar Allan Poe. Aquí no se reproduce exactamente su ritmo original, pero esa cadencia pantanosa permanece intacta.

Nevermore continúa el viaje por Poe. Lo que en estudio podía tener una dimensión más bailable o incluso new age se recrudece en directo, especialmente en un tramo final que multiplica su intensidad y da un buen meneo sonoro al oyente.

Después llega el rock. El recuerdo de Kradiaw aparece en los primeros versos de Chill Out Charles, antes de que So Far Sober entre con más cuerpo, más músculo y un carácter incesante. Es una de esas canciones que agradecen especialmente el formato en directo porque reaparecen con una energía diferente.

Not In Love, con Paul Fuster, cambia nuevamente de paisaje. Sin el Quartet Brossa, que aparecerá en el siguiente corte, la canción se convierte en una pequeña pieza de folk norteamericano con aromas de country. Entre Maika y Fuster quedan unos versos desnudos y polvorientos para hablar del desamor.

El Quartet Brossa recupera después la elegancia pantanosa de Desaparecer en Avoiding You. Las cuerdas adquieren aquí un protagonismo fundamental: refuerzan la desesperación de la letra y, especialmente hacia el final, la fricción de violines, viola y violonchelo parece reproducir las sensaciones que describe la canción. En Hunch of the Century, Javi Alonso de Mohama Saz aporta el laúd a un tema aparentemente sencillo que termina convirtiéndose en un pequeño viaje psicodélico.

E. The Brotherhood, de Bunker Rococó, encuentra en Christina Rosenvinge una compañera perfecta para volver a mezclar diferentes elementos de la carrera de la mallorquina, mientras My Head Is A Vampire, con Anni B Sweet, apuesta por un sonido más limpio y melódico que gana mucho con su arreglo vocal, casi de iglesia en algunos momentos.

La aparición de Niña Coyote eta Chico Tornado en Reaching Out To You vuelve a romper cualquier previsión. Dudamos que las estatuas de Anselm Clavé y Beethoven que flanquean el escenario del Palau hayan escuchado un tema tan punk en los más de cien años del recinto. Es una descarga directa, sencilla y distorsionada que no necesita mucho más.

James Dean’s Alive, con Nina de Juan, devuelve la fragilidad al escenario. Quizá algunos seguidores veteranos esperábamos Song of Distance, pero esta elección funciona precisamente porque evita lo evidente. Delicadeza, desgarro y elegancia conviven en una interpretación que llega muy adentro.

No News, con Asier Etxeandía, recupera aquel ritmo machacón del tema de  Thank You For The Boots y lo lleva un paso más allá gracias a la dimensión teatral que aporta el actor.

Pero uno de los momentos que mejor explican el espíritu de Live – Palau! llega con The Bastard and the Tramp. La guitarra de Howe Gelb no parece funcionar y el músico termina sentándose al piano mientras Maika continúa con la guitarra. Lo que podría haber quedado como un simple problema técnico se convierte en uno de los momentos más especiales de la noche. Hay complicidad y respeto hacia quien fue uno de los mentores de Makovski, mientras ambos transforman el tema en una especie de dúo de taberna polvorienta de Arizona. Es precisamente el tipo de accidente que un directo puede convertir en recuerdo.

La propia Maika lo resumía aquella noche: «Hay accidentes. No pasa nada. Acoples. No pasa nada. Lo importante es que es humano y que lo estamos compartiendo». Y esa idea atraviesa todo el disco: no se trata de borrar las pequeñas imperfecciones, sino de conservar la humanidad de lo que ocurrió sobre el escenario.

El tramo final vuelve a demostrar la amplitud del repertorio. The Gate acelera respecto a su versión de estudio y se convierte en un ejercicio de pop electrificante, mientras He’s Got The Power, con The Mani-las, devuelve el punk guitarrero al escenario. Clavé y Beethoven ya pueden decir que aquella noche se llevaron una buena ración de punk.

Love You Til I Die crece desde la balada hasta convertirse en una interpretación colectiva y tiene algo de Patti Smith en esa manera de transformar la intimidad en intensidad. Language, con el Quartet Brossa, vuelve a demostrar cómo los arreglos de cuerda y viento pueden elevar una canción aparentemente sencilla y darle mayor entidad.

Y entonces llega Lava Love, uno de esos clásicos que no podían faltar. Su ritmo martilleante va creciendo hasta desembocar en una explosión instrumental con banda y Quartet Brossa unidos, provocando la reacción del público.

El cierre con I Live In A Boat reúne a todos los invitados y convierte el concierto definitivamente en una fiesta. Hay desenfreno, armonías vocales, detalles que incluso recuerdan al rap y una base rítmica intensa y constante. Se nota que la noche se acaba, pero también que nadie tiene demasiadas ganas de terminarla.

Veinte canciones de las veintinueve que sonaron aquella noche, cinco bandas, cerca de treinta invitados y casi tres horas de concierto podían haber dado como resultado un ejercicio excesivamente retrospectivo, una sucesión de nombres y canciones destinada más a satisfacer la nostalgia que a construir un disco con entidad propia. No ocurre eso.

La selección de Live – Palau! resulta equilibrada, orgánica y, sobre todo, tiene pocos momentos prescindibles. Es un disco que entiende que celebrar una carrera no significa necesariamente repasarla cronológicamente, sino mostrar las diferentes caras de una artista que nunca ha terminado de instalarse en un único territorio.

Y ahí está precisamente su mayor virtud. Rock, folk, punk, pop, experimentación, cuerdas y teatralidad conviven sin que ninguna de esas facetas tenga que imponerse sobre las demás. No estamos ante una simple fotografía de veinte años de carrera, sino ante una reunión de diferentes épocas que, por una noche, vuelven a encontrarse.

Estas veinte canciones son, además, solo una parte del repertorio de aquella noche. Quedan fuera nueve temas de las casi tres horas que duró el concierto, por lo que todavía queda material para quienes estuvieron allí y echaron de menos alguno de sus momentos favoritos. También queda la incógnita de si el concierto completo llegará algún día a una edición audiovisual ampliada.

Por ahora, el vídeo está disponible gratuitamente en YouTube y el audio puede adquirirse en varios formatos. Y es suficiente para comprobar que aquella noche merecía quedar registrada.

Maika Makovski ha convertido sus veinte años de carrera en una celebración colectiva, orgánica cuando tiene que serlo, elegante cuando el escenario lo pide y salvaje cuando las canciones lo necesitan. Live – Palau! queda para la posteridad como el documento de una noche irrepetible y como el comienzo de una nueva etapa que ahora continúa en las salas españolas.

Después de veinte años, la carretera continúa.

Por veinte más.

David Aresté

 

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