Después de haber sentado las bases de un death metal que iba a ser imitado por infinidad de bandas durante la década siguiente, Chuck Schuldiner decidió dejar paulatinamente atrás este camino para adentrarse de lleno en el del metal progresivo. Discos como “Human” y “Individual Thought Patterns” catapultaron a la banda a niveles de popularidad desconocidos hasta el momento, mientras que “Symbolic“, “The Art of Perseverance” y el álbum de début de Control Denied sirvieron como vehículo para explorar los límites de la creatividad de Chuck y de sus compañeros, convirtiéndose por méritos propios en auténticas obras maestras inmortales del metal extremo.

Albert Vila

En la primera parte de este pequeño homenaje que desde Metal Symphony le queremos dedicar a una de las figuras más influyentes de la historia del heavy metal habíamos dejado a nuestro protagonista solo y cabreado después de que, en la gira de Spiritual Healing, sus compañeros de banda decidieran ignorar su decisión de no embarcarse en lo que él había considerado una gira europea mal planificada. James Murphy, Bill Andrews y Terry Butler presentaron el disco en Europa bajo el nombre de Death pero sin Chuck, lo que el líder de la banda consideró una ofensa y una traición inconcebible que desembocó, indefectiblemente, en la inmediata expulsión de todos, enterrando para siempre la ilusión del líder del grupo de convertir a Death en una banda al uso.

Como no hay mal que por bien no venga, los que llegaron se conviertieron en, quizás, el line-up más icónico de la historia de Death al ser partícipes de la grabación del que resultó ser su disco más conocido y, con el tiempo, uno de los más celebrados. Chuck reclutó al bajista de los thrash metaleros Sadus, un tal Steve Di Giorgio que con el tiempo se ha convertido en uno de los grandes genios de las cuatro cuerdas con su paso por Testament, Soen y un par de millones de bandas más. Para la batería y la guitarra solista, los escogidos fueron dos chicos llamados Sean Reinert y Paul Masvidal, pertenecientes a una banda local que estaba empezando y que se traía entre manos un proyecto de metal progresivo llamado Cynic que aún tardaría un par de años en ver la luz a nivel discográfico. Este line up es precisamente el que en estos últimos años ha revivido el legado de la banda para un par de giras de homenaje a Chuck bajo el moniker DTA (Death To All).

Aunque Human (1991) es considerado por todo el mundo el primer disco realmente progresivo de Death, a mi juicio es tan solo un decidido paso más en la evolución que Chuck Schuldiner empezó a tomar en Spiritual Healing. Es cierto que hay muchos momentos experimentales y casi-espaciales, con multitud de punteos y solos melódicos que alcanzan su cúspide en la instrumental “Cosmic Sea”, pero en esencia el death metal más directo aún es más que evidente en casi todos los temas, prácticamente tanto como en su disco anterior. El componente melódico introducido por James Murphy en Spiritual Healing no solo sigue presente, sino que adquiere aquí aún más protagonismo, moldeando un sonido más complejo pero, a la vez, más accesible, hasta el punto que la MTV se interesó finalmente por ellos y el video clip de “Lack of Comprehension”, el primero que grabaron en toda su carrera, recibió cierta rotación en la cadena americana durante unos años donde su programación aún estaba centrada en la música.

Algunos temas particularmente destacables son la inicial “Flattening of Emotions”, con sus poderosos timbales de inicio y un riff afilado y pegadizo que entra por primera vez a media canción y que veríamos repetir en decenas de mutadas encarnaciones durante los próximos años, o la excepcional “Suicide Machine”, que supone la mezcla perfecta entre el death metal de siempre y los nuevos caminos que estaba tomando la banda. Personalmente, mis favoritas son la trallera “Together as One” y, sobretodo, la final “Vacant Planets”, un temazo rápido y sin concesiones con constantes cambios de ritmo, de tono y de atmosfera. La voz de Chuck sigue adquiriendo progresivamente un tono más agudo y estridente, abandonando definitivamente los guturales más oscuros y ortodoxos y estableciéndose en el timbre gritón y tan particular por el que se le recuerda. Las letras, por su parte, evolucionan una vez más desde la preocupación social de su trabajo anterior hacia temas más etéreos y existenciales.

Human no solo es uno de los discos más apreciados de la carrera de Death, sino que es considerado uno de los mejores álbumes de la historia del death metal. Con sus breves 33 minutos, se trata del disco más corto de su trayectoria y, paradójicamente por lo que estamos acostumbrados hoy en día, donde ser progresivo parece querer decir alargar las canciones ad infinitum, el minutaje de los temas es en general menor que en sus dos discos anteriores. Aunque se trata de un discazo como la copa de un pino, personalmente no es de uno de mis favoritos, y por un motivo u otro normalmente es el que menos me apetece ponerme de toda la etapa progresiva de la banda. Lo que es innegable es que su éxito sirvió para catapultar a Death a otro nivel, dándoles una visibilidad y una confianza de la que nunca habían gozado hasta ahora, moldeando el sonido tan personal que ha acabando perdurando en el imaginario popular.


Con la banda disfrutando de su punto más alto de popularidad, a Chuck se le presentaba el problemón de sustituir a Paul Masvidal y a Sean Reinert, que habían sido parte pivotal del sonido de Human pero que ya habían aprendido lo suficiente junto al maestro para dedicarse enteramente a que sus Cynic se sacaran de la manga uno de los mejores y más innovadores discos de metal progresivo de la historia, el celebrado Focus (1993). Por suerte, la apretada agenda de Steve Di Giorgio, que en este disco iba a dar una lección absolutamente magistral de como se toca un bajo, le permitió continuar en la banda unos meses más, y para completar la sección rítmica Chuck decidió ir a pescar en las aguas revueltas de la separación de unos clásicos del thrash metal como eran Dark Angel, que al decir adiós dejaban en el paro a Gene Hoglan, una auténtica bestia de técnica y poderío tras los parches. La incorporación de Gene, para mí, fué absolutamente clave para la evolución de la banda, agrandando su merecida leyenda de genio de la batería y convirtiéndose en la pieza ideal que le faltaba a Death para llevar su sonido a niveles de concisión y complejidad desconocidos hasta el momento. Para la posición de guitarra solista el elegido fué Andy LaRocque, un crack de la melodía que llegó sin más expectativas que las de grabar el disco e irse por donde había venido de vuelta a la banda de King Diamond.

Así como Human nunca acabó de atraparme del todo, lo que me pasa con Individual Thought Patterns es prácticamente lo contrario: me parece un disco fresquísimo y motivante y siempre me apetece escucharlo. De hecho, si no fuera porque el maravilloso Symbolic me parece casi fuera de concurso, este se trataría muy probablemente de mi trabajo favorito de todos los que han publicado Death a lo largo de su historia. Dá la sensación que aquí la banda se abrocha el cinturón un agujero más, compactando y afilando algunos de los momentos en los que Human pecaba de cierta dispersión sin dejar atrás los pasajes espaciales y etéreos que lo caracterizaban, en una evolución, en mi opinión, prácticamente perfecta y que supone una mejora en todos los aspectos. Individual Thought Patterns es un disco más agresivo, compacto, enfadado y directo que su predecesor, está insultantemente lleno de riffacos pegadizos y melodías inolvidables mientras cuenta con un trabajo en la base rítmica espectacular, con líneas de bajo riquísimas, histéricas y disonantes y una potencia y complejidad a la batería como no habíamos visto hasta ahora. Y es que la dupla Di Giorgio / Hoglan, como bien os podrán confirmar los fans de Testament, no es cualquier cosa precisamente, y no en vano ambos son considerados músicos absolutamente top en su instrumento. Los punteos melódicos como base de los riffs se convierten aquí, por primera vez, en la norma en vez del recurso, ahondando en una especie de fusión entre el death metal de siempre con elementos de heavy metal más clásico, mientras que los continuos e inesperados cambios de ritmo se asientan como uno de los trademarks que ya no iba a abandonar el sonido característico de Death.

Ya desde la maravilla que es “Overactive Imagination”, un pepinazo potente, motivante y pegadizo que supone una de las mejores canciones, para mi gusto, de toda la carrera de la banda, este disco me atrapa por el escroto y no me deja ir hasta que se desvanecen las notas finales de la no menos fantástica “The Philosopher”, que por cierto supuso el segundo (y último) video clip de su carrera, demostrando que eso de la comercialidad, todo hay que decirlo, nunca ha sido lo suyo. Por en medio, temazos espectaculares como “Trapped in a Corner” o “Mentally Blind” y desbarres progresivos como “Jealousy” o “Nothing is Everything”, con Steve Di Giorgio descantillándose arriba y abajo de su mástil. En la culebrera “Destiny” encontramos la primera y bonita introducción acústica que les recuerdo, colocada aún con cierta timidez pero que abre el camino a un recurso que se va a usar con más intensidad en discos futuros, mientras que el tema título empieza a explorar una vertiente algo más épica que florecerá en todo su esplendor en su siguiente trabajo.

Si tuviera que poner alguna pega a este disco sería quizás una producción inexplicablemente sucia. No es que sea un desastre en absoluto, pero al escuchar Individual Thought Patterns siempre he tenido la sensación que lo escuchaba en una cinta mal grabada. Lo cierto es que las primeras decenas de veces que lo escuché lo hice literalmente en una cinta mal grabada, así que siempre pensé que se trataba de un problema del soporte. Pero en los años de la Napstermanía me lo bajé a 128 kbps, sonando igual de mal, achacándolo esta vez a la mala compresión. Finalmente, acabé por comprármelo en CD, y ostras, el sonido tampoco mejoró demasiado, así que supongo que en mi mundo personal esta suciedad se ha quedado como parte de la gracia intrínseca del disco. Por otro lado, y tal y como ya ocurrió en Human y como también ocurrirá en Symbolic, la portada más bien desdibujada y abstracta (y feúcha, para qué mentir) corrió a cargo de René Miville, reflejando como siempre el contenido lírico que dominaba en el álbum y que de nuevo se centra en reflexiones filosóficas y existenciales navegando en un cierto mar de caos.


Poco después de la publicación de Individual Thought Patterns, Chuck colaboró junto a un lineup de lujo que incluía a Mille Petrozza y Dave Lombardo, entre otros, en un proyecto liderado por el vocalista alemán Philip Boa que se vino a llamar Voodoocult. Personalmente, lo que sobre el papel podría haber tenido un resultado espectacular debido a la calidad y las capacidades compositivas de sus componentes, se convirtió en una sonora decepción al comprobar que lo que fueron capaces de ofrecer fué bastante menos memorable que el potencial de la suma de las partes. La aventura Voodoocult duró dos discos, pero solo el primero, el olvidable Jesus Killing Machine (1994), contó con la presencia de Chuck y de los otros gigantes de la escena mencionados.

Volviendo a su banda principal, no sé si es casualidad que mis dos discos favoritos de la envidiable carrera de Death sean los que cuentan con Gene Hoglan tras los parches. Estoy seguro que el bueno de Gene no tenía demasiado que decir en la composición de los temas, pero lo cierto es que su poderosa pegada y sus abracadabrantes habilidades técnicas fueron clave para compactar y empoderizar el sonido de la banda de forma sencillamente brillante. Que Andy LaRocque no iba a participar en este disco es algo que ya sabíamos, pero sustituir a un genio como Steve Di Giorgio se antojaba una tarea bastante más complicada. En vez de recurrir a músicos de renombre y cierta enjundia en el panorama extremo como había hecho hasta ahora, Chuck apostó en esta ocasión por dos chicos bastante desconocidos para el gran público, como fueron el guitarrista Bobby Koelble y el bajista Kelly Conlon (que después iba a pasar por Monstrosity durante un breve periodo de tiempo). Hay que decir que con la marcha de Steve el protagonismo y la creatividad de las líneas de bajo disminuyó bastante, conviertiéndose de nuevo en un instrumento de soporte, pero esto no es óbice para que el álbum resultante, titulado Symbolic (1995), sea considerado, y yo estoy entusiastamente de acuerdo, lo mejor que ha publicado la banda en toda su carrera.

A parte de parecerme “objetivamente” una maravilla, mi relación con este disco es más intensa que con ningun otro, ya que éste fué el primer CD de la banda que me compré, al poco de que saliera y casi a ciegas después de haber escuchado solo algunas cintas mal grabadas (aunque de hecho ya sabéis que yo pensaba que mi copia de Individual Thought Patterns era una cinta mal grabada). El disco me atrapó y me maravilló totalmente desde las primeras notas del tema título, así que sin importarme demasiado no ser nada true y estar en desacuerdo con la opinión entonces mayoritaria, desde el principio fué mi disco favorito de la banda y, de largo, es el que más he escuchado a lo largo de los años, haciéndose un hueco permanentemente en las clásicas fantasías de “qué 5 discos te llevarías a una isla desierta?”. Curiosamente, el tiempo ha confirmado mis tiernas e inocentes impresiones, y hoy en día Symbolic está considerado por el grueso de crítica y fans como el pináculo de la carrera de Death a pesar de que creo que en su momento no fué apreciado de la misma manera.

La afilada guitarra que nos introduce a un tema título que se iba a llamar hasta el último momento “Symbolic Acts”, tal y como reza el estribillo, es todo lo que necesito para ponerme de cero a mil en solo unos pocos segundos, e inmediatamente ya se puede ver que Symbolic está, en cuanto a producción, un mundo por delante de Individual Thought Patterns, mientras que compositivamente es aquí donde Death alcanza el equilibrio perfecto entre dureza, melodía, accesibilidad y compleja progresión hacia el que venían caminando con paso firme desde hacía años mediante una aproximación más épica y canciones algo más largas y complejas. No solo es que no haya un tema malo, es que casi todos los cortes de este álbum son puñeteras obras maestras donde el increíble trabajo de Gene a los parches se une a una inspiración compositiva casi divina y a una violencia vocal icónica e inigualable por parte de Chuck. Temazos como “Symbolic”, “Zero Tolerance”, “Sacred Serenity”, “Without Judgment”, “Misanthrope” o la celebradísima “Crystal Mountain”, con sus maravillosas guitarras acústicas, son de lo mejor que jamás ha ofrecido el death metal y me ponen inevitablemente berraco cada vez que las escucho, que creedme que han sido muchas veces a lo largo de mi vida.

El death metal había vivido su época de máximo apogeo durante la primera mitad de los noventa, y Death habían sido partícipes como causa y como consecuencia. Pero a mitad de la década, la popularidad del género y de la banda empezaron a bajar lentamente, y como anticipándose a ello, Chuck ya llevaba algun tiempo fantaseando con la idea de cambiar su foco musical más allá de las progresivas evoluciones que había improntado en cada disco. Su interés por el metal progresivo iba en aumento, y para plasmar lo que le apetecía crear en ese momento pensaba que su voz viperina no era la más adecuada. Por este motivo, puso a Death en stand-by y empezó a trabajar con un nuevo proyecto llamado Control Denied, orientado a sonidos más clásicos del metal, en el que reclutó a músicos para mí desconocidos como Shannon Hamm a la guitarra, Scott Clendenin al bajo, el batería Richard Christy y, ojo, un vocalista underground de power metal llamado Tim Aymar. Durante ese periodo también expiró el contrato que había mantenido a Death bajo el cobijo de RoadRunner durante sus tres últimos discos, así que Chuck fué en busca de una casa que acogiera a su nuevo proyecto. Finalmente, los gigantes alemanes Nuclear Blast accedieron a firmarlos con la condición que, primero, deberían publicar un nuevo álbum de Death. Así que Chuck, sin complicarse la vida, cogió a todos los miembros de Control Denied y recicló algunos temas que había compuesto para su nueva banda para entrar a grabar lo que iba a ser el último disco de la carrera de Death.

Aunque The Sound of Perseverance (1998) sigue siendo un disco maravilloso con un generoso puñado de canciones memorables que se han hecho un merecido hueco entre lo mejor de la trayectoria de la banda, para mi gusto pierde un poco de la concisión y la redondez que hacía de Individual Thought Patterns y de Symbolic discos prácticamente perfectos. La idea principal sigue yendo por el mismo camino, pero hay algunos momentos donde la sensación es que el resultado queda algo disperso. Aunque la baja de Gene Hoglan fuera ciertamente una pena, el trabajo de Richard Christy tras los parches es igualmente fantástico, demostrando que no es precisamente manco y continuando bastante fielmente con el estilo que Gene implantó durante su estancia en la banda. Lo que sí que creo es que aquí hay muchos momentos en los que se pretendió llegar muy lejos en cuanto a complejidad, y a veces dá la sensación que se pasan un poco de frenada. Aún así, esta evolución sigue un camino totalmente natural en la carrera de Death, que en cada disco habían ido unos metros más allá en cuanto a la experimentación y a la incorporación de elementos más complejos y progresivos.

Temas como “Scavenger of Human Sorrow” (como me gustan los títulos de las canciones en esta banda!) o “Spirit Crusher” son bastante definitorios de a lo que me refiero: contienen estribillos pegadizos y memorables, de los mejores de su carrera, y pasajes absolutamente brillantes (que normalmente se corresponden con los riffs y punteos de guitarra más melódicos y, por decirlo así, jebis) entrelazados con momentos progresivos que a mí me resultan algo exagerados y, a veces, injustificadamente complicados. Así como en sus dos discos anteriores consiguieron que esta complejidad fuera perfectamente natural y estuviera siempre al servicio de las canciones, aquí me dá la sensación que por momentos abusan de ella de forma un poco gratuita, y como consecuencia de ello, los temas son más largos que nunca y, en ocasiones, se van un poco de madre. A su vez, la producción tampoco es tan nítida y clara como en Symbolic, con unas guitarras muy distorsionadas y algo estridentes y una batería quizás demasiado enlatada. Entendedme bien: estoy siendo algo tiquis-miquis, ya que si me pidierais que le diera una nota a este disco, seguro que no bajaría del 8.5, así que se trata de un álbum que me encanta. Lo único es que los dos trabajos anteriores me parecen de 9.5 y 10, respectivamente, así que por primera vez en toda su trayectoria percibo un pequeño bajón, subjetivo, en la calidad de su trabajo.

Tanto los dos temas mencionados como, por ejemplo, “Flesh and the Power It Holds”, son globalmente excepcionales, mientras que la instrumental “Voice of the Soul” es radicalmente diferente al resto de la discografía de la banda y se ha convertido en unos de los temas favoritos de la mayoría de fans de su época progresiva (no hace falta decir que para los death metaleros más cerriles esto es como una espada oxidada atravesándoles las tripas). El tema, absolutamente precioso, evocador y melancólico, esperanzador y luminoso, introduce múltiples elementos revolucionarios con su abundancia de guitarra clásica/acústica y casi aflamencada mezclada con solos y punteos eléctricos llorones y desesperados. Para cerrar el disco tenemos una inesperada versión del “Painkiller” de Judas Priest, bastante más definitoria de lo que podría parecer de buenas a primeras, con Chuck mostrando explícitamente los derroteros hacia los que se quería encaminar en esos momentos. Cualquier metalero como dios manda (y yo, por supuesto, soy uno de ellos) adora “Painkiller”, así que la perspectiva de Death versionándola produce salivera en cantidades industriales. Por desgracia, el resultado final no me resulta especialmente memorable, con Chuck forzando su voz al máximo de forma algo exagerada para poder alcanzar las notas imposibles de Rob Halford, y una interpretación totalmente libre de los icónicos solos del tema original que, para que mentir, me dá un poco de rabia.

Tan pronto The Sound of Perseverance estuvo grabado, publicado y brevemente presentado, Chuck se volvió a centrar en lo que en esos momentos era el proyecto que más le interesaba y motivaba. Teniendo en cuenta que Control Denied contaba con exactamente la misma formación que grabó el último disco de Death, y que más allá de las voces la instrumentación tampoco es tan distinta (es un ejercicio interesante imaginarse como sonarían las canciones de esta banda con la voz de Chuck), uno se pregunta como es que nuestro amigo Schuldiner no decidió usar el nombre de su banda principal para publicar esta nueva encarnación de su música. Como él mismo dejó claro en múltiples ocasiones, cambiar al vocalista de la banda significa dotar al proyecto de una personalidad totalmente distinta, y aunque comercialmente es una decisión evidentemente más arriesgada, prefirió no alienar a los fans de toda la vida (que en gran parte, por supuesto, no recibieron esta aventura con demasiada pasión) y que el nombre de Death quedara asociado únicamente a la vertiente extrema de su música.

Demostrando que nunca fué un tipo demasiado sentimental, poco antes de la grabación del primer (y a la postre último) disco de Control Denied, titulado The Fragile Art of Existence (1999), Chuck tuvo la oportunidad de reclutar de nuevo a Steve Di Giorgio para que se encargara del bajo. Y tanto vosotros como Chuck sabéis que si un genio como Steve te pasa de nuevo por delante no lo puedes dejar escapar, así que aparcó al bueno de Scott Clendenin para que el señor Di Giorgio diera, una vez más, una lección de maestría y personalidad impresionantes para que el bajo constituyera uno de los puntos fuertes de este disco, conviertiéndose a la vez en el músico que ha participado en más discos con el exigente Chuck Schuldiner, tres de ocho.

En su momento hay que reconocer que no le presté demasiada atención a este álbum, y escuchado a posteriori es posible que sea el disco que menos me convence de todos los repasados en este par de artículos. Evidentemente, mis gustos estan mucho más cercanos al metal extremo que al power metal que evoca la voz de Tim Aymar, una voz que aporta exactamente lo que buscaba Chuck y que, indudablemente, no podía ofrecer él mismo. Tal y como he comentado antes, es un ejercicio interesante pensar como sonarían estos temas si los hubiera cantado él, y lo que veo es que el resultado tampoco hubiera sido tan distinto de lo que acabó siendo The Sound of Perseverance, e incluso puede que sea algo más comedido con los desbarres exagerados de complejidad que percibo en ese disco. Pasados los prejuicios que puedan generar el estilo vocal de Tom, es innegable que aquí encontramos unos cuantos temazos bien grandes, siendo mis favoritos “Breaking the Broken”, “Expect the Unexpected”, “Believe” y “Cut Down”, con fraseos absolutamente épicos y estribillos terriblemente pegadizos y motivantes, mientras que la final “The Fragile Art of Existence” es una epopeya dramática que, con sus casi diez minutos de duración, constituye el tema más largo que jamás haya grabado Chuck.

Por lo que yo sé, Control Denied jamás dieron un concierto como tal, y es que al cabo de poco de haber publicado su disco de début y cuando todo parecía ir viento en popa para Chuck, comodísimo en su nueva aventura creativa a sus 32 años, la tragedia llegó de forma inesperada. Un intenso dolor en las cervicales acabó diagnosticado como un agresivo tumor cerebral que le tuvo con altibajos de salud muy severos durante más de dos años, con recuperaciones, recaídas y remisiones varias hasta que el 13 de diciembre de 2001, exactamente tres años después del último concierto de Death en Atlanta, su cuerpo dijo basta y falleció dejando al mundo del metal huérfano de una de sus mayores fuerzas creativas. Durante ese último par de años Chuck y el resto de Control Denied estuvieron trabajando lentamente en su segundo trabajo discográfico, que se iba a titular When Man and Machine Collide, del que solo se grabaron algunas demos. Durante todos estos años se habló de que el resto de la banda, con el beneplácito de la familia de Chuck y bajo el liderazgo del que fué su mánager durante toda su carrera, Eric Grief, iban a completar su grabación y lo publicarían como homenaje póstumo, pero en estos últimos tiempos parece que el proyecto ha sido abandonado, dejando definitivamente a The Fragile Art of Existence como la última aportación musical de Chuck al mundo.


Chuck Schuldiner murió con solo 34 años, y durante ese tiempo tuvo energías e inventiva para liderar la incepción de dos géneros musicales de inmensa repercusión y para convertirse en, probablemente, la figura más influyente de toda la historia del metal extremo. Nunca sabremos qué hubiera pasado de seguir aún hoy con vida, probablemente se habría dedicado principalmente a su carrera con Control Denied, y es posible que ocasionalmente resucitara a Death para discos o giras. O puede que sus inquietudes musicales le hubieran llevado por caminos totalmente distintos y se hubiera visto con la urgencia de montar alguna otra banda para expresarlas. Quizás hoy el metal sería algo distinto a lo que es gracias a que decidió lanzarse a abrir camindo entre lo desconocido por tercera vez. Todo eso no se sabe. Lo que sí que sabemos es que nos dejó con ocho discos absolutamente espectaculares, sin un solo borrón, que hoy en día no podemos sino disfrutar y admirar, y ello hace que su figura y su legado sean eternos e inmortales.

Por ello, solo nos queda decir: Feliz cumpleaños, Chuck, y muchas gracias por todo!

Albert Vila