Lynyrd Skynyrd + Blackberry Smoke – 19 de Julio 2025 – OVO Arena Wembley (Londres)
La noche del 19 de julio en el OVO Arena Wembley estuvo marcada por un ambiente cargado de pólvora, bourbon y espíritu sureño. Mientras en el estadio contiguo Usyk y Dubois peleaban por el título indiscutido de boxeo, una multitud inmensa se dirigía al otro Wembley para ver a Lynyrd Skynyrd, la banda que todos esperaban. Sin embargo, quienes subieron primero al escenario fueron Blackberry Smoke, encargados de abrir la velada con un concierto lleno de autenticidad, calidez y ese sabor sureño que tanto les caracteriza, ganándose rápidamente el cariño del público. A pesar de que las puertas abrieron con una hora de antelación, la avalancha de asistentes hizo que las colas para bebida y merchandising se convirtieran en laberintos interminables. Muchos se perdieron el arranque del concierto, y eso dolió, porque el grupo arrancó directo al grano con Little Bit Crazy y Hammer and the Nail, los únicos cortes que rescataron de su último álbum, Be Right Here. Tal vez porque ya lo presentaron a fondo en su visita de 2024, o simplemente porque saben que el corazón de su repertorio late fuerte en otra parte.
El recinto —una maravilla acústica— nos sorprendió desde el primer acorde. No solo por el volumen justo y la mezcla cristalina, sino porque todo parecía diseñado para la música en vivo: desde la distribución de la sala hasta un sistema de luces bien sincronizado con la narrativa visual del show. El enorme fondo del escenario estaba coronado por una nueva imagen de la banda: su icónico gallo de tres patas —el 3-Legged Rooster— redibujado con líneas más feroces, que parece ya ser el símbolo de esta etapa de madurez, electricidad y carácter.



Tras los dos primeros temas, llegó una buena dosis de The Whippoorwill, el disco más reverenciado de su carrera, con hasta cuatro canciones que hicieron vibrar la sala. Entre ellas Good One Comin’ On o Let It Burn, donde el grupo encontró el balance perfecto entre melodía contagiosa y fuerza instrumental. Pero fue en Sleeping Dogs cuando subieron un peldaño más. Rompieron la rutina habitual al sustituir la intro de la Creedence por un guiño profundo al sur con Long Haired Country Boy de The Charlie Daniels Band. La canción creció con intensidad, de menos a más, y fue uno de esos momentos que se quedan: una clase de cómo hacer que lo viejo suene nuevo sin romper con nada.
El grupo demostró por qué es tan querido en Londres. Han pasado por la ciudad cuatro veces entre 2023 y 2024, y el público cantó la mayoría de las canciones como si fueran de casa. Charlie Starr, sin aspavientos, nos sorprendió con su rango vocal, capaz de cambiar de registro sin perder esa mezcla de blues y evangelio que tanto lo define. Su interpretación fue salvaje, con más cuerpo que en estudio, más cruda, más real. Hay una energía en Blackberry Smoke que no se puede embotellar ni editar. Se enciende cuando están todos sobre las tablas, mirándose, moviéndose con ese lenguaje no verbal que solo tienen las bandas veteranas.



Shakin’ Hands With the Holy Ghost, Old Scarecrow y Run Away From It All nos mantuvieron en la cresta de la ola. Con One Horse Town, la intensidad bajó un poco, pero el público la acompañó con calidez, cantando cada verso quizá con la intuición de que el final se acercaba. Al terminar, Charlie Starr recibió una ovación sentida por un cierre vocal impecable, cargado de control y emoción. El grupo se permitió una versión elegante de Willin’, de Little Feat, llena de respeto y matices, y encaminaron el cierre con Ain’t Much Left of Me, incorporando un interludio atmosférico de When the Levee Breaks de Led Zeppelin que aportó una textura envolvente, aunque algo más contenida. El tramo final no fue tan eufórico como el resto del show, y si algo se le puede reprochar a la velada es esa leve caída de intensidad que dejó con ganas de otro broche. Había material para acabar en lo alto, con el corazón acelerado, pero eligieron el descenso suave.
El concierto dejó una sensación de plenitud. Veinticinco años en los escenarios no se reflejan solo en el setlist, sino en la solidez de la base rítmica, la coordinación entre las guitarras y la convicción con la que la banda defiende su estilo. No es casualidad que Johnny Van Zant de Lynyrd Skynyrd nos los recomendase como referentes actuales del southern rock en la entrevista que le hicimos hace poco. Blackberry Smoke no se limita a seguir modas ni etiquetas; han construido su reputación con trabajo constante. En un recinto como Wembley, demostraron que su propuesta mantiene vigencia y que el southern rock tiene espacio incluso fuera de su zona de origen.
A las nueve en punto, tras el atronador Panama de Van Halen y con Thunderstruck de AC/DC haciendo temblar la megafonía, se apagaron las luces y comenzó a proyectarse un vídeo conmemorativo que fue cualquier cosa menos típico: camiones, pantanos, bourbon, carreteras interminables y caimanes sirvieron de envoltorio visual para explicar medio siglo de música sureña con potencia cinematográfica. Todo eso mientras la banda llegaba a sus puestos. No hubo lugar a las sorpresas en el repertorio, pero eso no es defecto: cuando uno carga con un legado plagado de himnos, el margen para lo inesperado se reduce. Están obligados a tocar lo que la gente viene a escuchar, y lo hacen con gusto. El setlist, basado en su último directo Celebrating 50 Years Live at Ryman, se convirtió en un desfile de clásicos que sonaron tan frescos como atemporales.



Workin’ for MCA abrió el fuego, y desde el primer acorde quedó claro: el sonido era perfecto. Nítido, potente, equilibrado. Las guitarras estaban perfectamente definidas sin competir entre sí, la voz de Johnny Van Zant sonaba centrada, con presencia pero sin sobreactuación, y la base rítmica pulsaba con claridad y profundidad. Ese equilibrio se mantuvo durante todo el set, que avanzó sin pausas ni baches con temas como What’s Your Name, That Smell, I Know a Little, todos ejecutados con una soltura que solo da medio siglo de carretera. La puesta en escena ayudó a construir un relato visual coherente y atractivo. Una pantalla LED de gran formato dominaba el fondo del escenario, proyectando imágenes ligadas a cada canción: cielos anaranjados del sur, estaciones de servicio, rutas infinitas, camiones, pantanos … Todo el imaginario Skynyrd estaba allí, reforzando la conexión entre música e identidad cultural. Mr. Keys, la batería de Michael y las coristas se situaban sobre plataformas elevadas, dándoles visibilidad sin entorpecer el protagonismo del núcleo instrumental. A los lados del set de Cartellone, dos pantallas adicionales completaban la experiencia visual.
Como decíamos, el sonido del concierto fue sencillamente impecable. No solo por su potencia —que la tuvo—, sino por el nivel de equilibrio y claridad que se logró a lo largo de todo el show. Con hasta cuatro guitarras en escena, coristas, teclados, una batería poderosa y la voz principal, el reto técnico era mayúsculo, pero cada instrumento ocupaba su lugar exacto en la mezcla. Las guitarras no se pisaban entre sí, sino que se entrelazaban con precisión quirúrgica, dejando respirar los riffs, los solos y las armonías sin ensuciar el conjunto. Las voces —tanto de Johnny Van Zant como de las coristas— se oían con nitidez cristalina, incluso en los momentos más intensos, donde todo el grupo se entregaba por completo.
El bajo de Robbie Harrington no solo estaba presente, sino que aportaba cuerpo y solidez, sin invadir frecuencias ajenas. El bombo de Michael Cartellone retumbaba como un trueno bien dirigido, sin opacar al resto de la batería. Incluso los efectos ambientales y las transiciones musicales entre temas estaban perfectamente integrados, sin sobresaltos ni bajones de volumen. A veces el sonido perfecto no es el que suena más fuerte, sino el que permite que cada elemento de una banda con historia y matices tan complejos brille sin esfuerzo aparente. Y eso fue exactamente lo que pasó en Wembley: no hubo momentos de duda, ni ajustes evidentes, ni acoples, ni saturaciones. Fue un sonido profesional, medido al milímetro y lleno de alma. De esos que hacen que te olvides del equipo técnico… porque simplemente todo funciona.



Saturday Night Special puso el punto más denso y cargado antes de una deliciosa transición hacia Down South Jukin’ y Gimme Back My Bullets, donde brillaron los riffs entre Rickey Medlocke, Mark Matejka y el “nuevo” Damon Johnson. Medlocke puso el groove, Johnson la solidez y Matejka ese toque afilado de precisión rítmica. El primero más animado, el segundo más denso y técnico. Raza pura de guitarra sureña.
El primer gran clímax emocional llegó con Tuesday’s Gone. Convertida en una especie de gospel sureño, fue un tributo conmovedor a Gary Rossington. Mientras sonaban los primeros acordes, la pantalla proyectaba imágenes conmemorativas del guitarrista, mientras Johnny Van Zant, visiblemente tocado, lanzaba una pregunta al público: “¿Creéis en el paraíso, Inglaterra? ¿Creéis en el paraíso? Esto va por Gary…”. Las coristas elevaban los coros como en una misa del Delta, los solos fluían con una naturalidad casi espiritual, y el pabellón entero cantaba con lágrimas en los ojos. Piel de gallina. Nadie se movía. Sin cerrar los sentimientos Simple Man nos llevó a un lugar aún más íntimo. Como nos dijo Van Zant en la entrevista que le hicimos, le sorprende cómo el público europeo canta esta canción. Un mar de linternas móviles creó un paisaje de respeto, nostalgia y unidad difícil de olvidar. Fue melancólica, honesta, vulnerable. Y, de nuevo, perfecta.
Luego tocaba respirar y recuperar el ritmo con Gimme Three Steps y Call Me the Breeze, esta última con Charlie Starr (Blackberry Smoke) como invitado, sonó cálida, sabrosa, como recién salida del porche de una casa de campo. El sonido, incluso con cuatro guitarras, nunca fue barroco. Fue músculo y alma. “Loud & Proud England”, gritó Van Zant antes de lanzar el icónico Sweet Home Alabama. El Arena entero saltó, cantó, celebró. Las pantallas mostraron banderas de Reino Unido y EE. UU. entrelazadas, hermanando a los dos mundos en un único idioma: el del rock. ¿Quién no ha cantado ese estribillo? La conexión fue total, sin trampa ni distancias.
Y entonces, el bis. Todos sabíamos que venía Free Bird, pero la manera en que llegó fue mágica. El escenario completamente a oscuras, un único foco iluminando el busto de un águila calva sobre el piano de Mr. Keys. Un símbolo, una señal. El arranque del tema fue solemne, casi litúrgico. Tan elegante y emocional que fue imposible no dejarse arrastrar. Van Zant abandonó discretamente el escenario en las últimas estrofas antes del solo, y una grabación de su hermano Ronnie —fallecido en 1977— tomó el relevo en la pantalla. Fue un gesto medido, respetuoso, demoledor. La emoción se desbordó justo cuando comenzó el solo: Medlocke encabezó la cabalgada, y uno a uno se le unieron Matejka y Johnson, en una tormenta polifónica de guitarras dobladas, juegos de luces y puro éxtasis rockero. Una bola de cristal colgante dispersaba haces de luz en todas direcciones, como si el cielo se hubiera abierto justo ahí. Fue apoteósico.



Y así se terminó el concierto. No hubo fisuras. No hubo errores. No hubo quejas. Como si hicieran fácil lo más difícil: sonar mejor que nunca después de 50 años de carretera, pérdidas y resurrecciones. Y como ya viene ocurriendo en las grandes noches del rock americano —como en los conciertos de Tesla en el MORC—, se despidieron por megafonía con Happy Trails de Roy Rogers, esa canción popular que ahora muchos ya asociamos con lo verdaderamente grande. Wembley fue testigo de una clase maestra. Lynyrd Skynyrd no solo repasó su historia: la honró con alma, técnica, emoción y esa forma sureña de abrazar la vida, aunque duela. Porque cuando suena Free Bird, todo el mundo se detiene. Porque cuando una banda suena así, simplemente no hay nada más que decir.
Texto: David Aresté
Fotos: Susana Manzanares



