Tras la gala de los Premios Óscar, una cosa ha quedado clara: incluso dentro de la maquinaria más mainstream de Hollywood todavía hay espacio para historias que nacen en los márgenes. Y pocas películas representan mejor esa idea que Sinners.

Dirigida por Ryan Coogler y protagonizada por Michael B. Jordan, la película terminó la noche con cuatro estatuillas —mejor guion, mejor fotografía, mejor actor y mejor banda sonora—, un resultado notable para una producción profundamente conectada con la tradición del blues.

Ambientada en los años treinta, Sinners narra la historia de dos hermanos que regresan a su ciudad natal para abrir un club de blues en plena era de las leyes Jim Crow. Lo que comienza como una historia sobre música y supervivencia acaba transformándose en un relato sobrenatural donde el blues parece tener el poder de conectar generaciones, espíritus y memorias colectivas.

Pero más allá del terror gótico o la narrativa fantástica, el corazón de la película está en su música.

Una banda sonora profundamente arraigada en el blues

La banda sonora fue compuesta por Ludwig Göransson, colaborador habitual de Coogler, quien decidió construir el sonido de la película a partir de las raíces del blues del sur de Estados Unidos.

Para lograr esa autenticidad, parte de la música se grabó con una guitarra resonadora Dobro Cyclops de 1932, similar a la que utiliza el protagonista en la historia. Además, el equipo trabajó con músicos reales del circuito blues contemporáneo como Cedric Burnside, Brittany Howard o Raphael Saadiq.

Entre las apariciones más simbólicas está la del legendario guitarrista Buddy Guy, una figura fundamental del blues eléctrico de Chicago, que aparece en la película representando al protagonista en su etapa adulta. Un pequeño cameo que funciona como puente entre la ficción y la historia real del blues.

Cuando una música nacida en los márgenes llega al centro

El blues nació como una forma de expresión cultural en comunidades afroamericanas del sur de Estados Unidos. Durante décadas fue ignorado, explotado o reinterpretado por la industria musical dominante. Sin embargo, su influencia terminaría extendiéndose por toda la música popular moderna.

Sin ese legado sería difícil imaginar la evolución posterior del rock, el hard rock o incluso el heavy metal.

El cine ya había explorado este imaginario décadas atrás en Crossroads, la película de 1986 inspirada en la leyenda del bluesman Robert Johnson, donde la música y el mito del pacto con el diablo se entrelazaban para contar una historia muy similar sobre tradición, talento y destino.

Que una película profundamente conectada con esa tradición musical haya logrado abrirse paso hasta los Oscar no es solo un reconocimiento cinematográfico. También es una pequeña señal de cómo una música nacida en los márgenes sigue encontrando nuevas formas de resonar en la cultura popular.

Porque antes de que existiera el rock, el metal o cualquier otra variante del ruido eléctrico que hoy conocemos, ya estaba el blues contando historias de lucha, supervivencia y libertad.

David Aresté