Eric Sardinas – 9 de Febrero 2026 – Sala Villanos (Madrid)
La noche del 9 de febrero Eric Sardinas volvió a Madrid como quien regresa a un territorio que conoce por instinto. Hacía cerca de doce años que no pisaba la ciudad y, en formato sala, dieciséis. No hubo nostalgia impostada ni discursos largos: lo suyo fue una reaparición visceral, cruda e intensa, de esas que se recuerdan más por la sensación que por el detalle.
No quedó setlist sobre el escenario —o nadie lo vio— y, quizá por eso, los temas se diluyeron en una corriente continua de blues. Entre versiones y material propio, flotaron ecos de Howlin’ Wolf y Muddy Waters, y en algún recodo asomó el espíritu de Rory Gallagher. Fue una velada más de estado que de repertorio. De hecho, su último disco, Midnight Junction, publicado en 2023, del que pasó prácticamente desapercibido.

La puesta en escena jugó a la contra y a favor a la vez. Las luces fueron mínimas, con zonas apenas insinuadas que restaban visibilidad y desviaban la atención del gesto, aunque reforzaban la idea de que lo único importante era el sonido. Hacia el final, algunas combinaciones traseras ofrecieron un respiro lumínico, pero el camino elegido fue deliberadamente complejo. Tal vez más luz habría sido un exceso: Sardinas iba ataviado con blazer, chaleco, camisa, fular y sombrero —que no se quitó en toda la noche—, melena rizada y un mostacho tan peculiar como su forma de tocar. A uno le entraba calor solo de mirarle.
La banda quedó en un segundo plano, no por falta de oficio. Al bajo estuvo Jason Langley, muchas veces perpendicular al público, dejando ver apenas la pala del mástil. A la batería, Mario Dawson tuvo más focos —los pocos fijos de la sala— y regaló momentos de lucidez rítmica que sostuvieron el vendaval.


Porque Sardinas es un animal de escenario. Se mueve, se contonea, pelea con el micrófono —lo sube, lo baja, lo gira— y se frota con la guitarra como si fuera parte del cuerpo. Se trajo dos dobros y los hizo hablar; los trituró con el slide, los hizo arder sin prenderlos, les arrancó ritmos ancestrales del delta, crudos, de esos que te llevan el pie solo. Fue casi una misa del blues, una liturgia pagana y sudorosa que solo alguien con 27 años de carrera puede oficiar con esa autoridad.
Y cuando parecía que todo iba encaminado hacia el típico final en crescendo, ese remate luminoso que te deja marchar a casa con la sonrisa puesta, no fue así. No hubo concesión épica ni subida amable. El cierre fue coherente con lo vivido: directo, sin edulcorar, casi abrupto. Una declaración de principios. La crudeza y la sinceridad de la música de Sardinas resumidas en un mensaje claro: esto es lo que te doy, sea el primer minuto o el último.

Al final quedó la sensación compartida: que haga más discos, que venga más, que se deje caer por donde sea —Cazorla incluido, se pensó en voz baja—, pero que vuelva. Porque noches así no se cuentan; se atraviesan.
Texto y fotos: David Aresté



