AMFest 2019. Barcelona, del 10 al 13 de Octubre de 2019. Centre d’Art Contemporani Fabra i Coats.

Entramos en la segunda mitad del AMFest 2019, que nos trajo un mejor sonido en general, algunos buenos y variados descubrimientos y grandes nombres como los de Zeal & Ardor, Pelican y Alcest.

Texto y fotos: Quim Torres

Empecé el sábado con Punta Laberinto, desafortunadamente tuve que perderme The Album Leaf y Los Sara Fontán, a quienes también tenía ganas de ver. Sin embargo, Punta Laberinto fue si más no, una curiosa manera de empezar la jornada. Se trata de una one-woman band dedicada a crear atmósferas oscuras a través de ruidos generados por sintetizadores, modulares y otros instrumentos electrónicos DIY, además de una guitarra eléctrica tocada por las aspas de un pequeño ventilador. Lo que a priori parece una propuesta sencilla, nos mantuvo durante unos 40 minutos abstraidos por un trance que iba subiendo su intensidad lentamente.

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El siguiente concierto fue bastante anhelado, por ser el regreso a los escenarios, después de once años inactivos, de la importante banda de Jazz Rock barcelonesa 12twelve. Con la pista del escenario principal notablemente llena, dieron un concierto que creo que consiguió sorprendernos a todos un poco para bien, pues en directo le añadieron a su espíritu jazzero un carácter algo más cercano al rock y la psicodelia, un carácter que también se refleja en su dinámica puesta en escena (dinámica para tratarse de un grupo de jazz, claro). Con un sonido bien claro y cerca de una hora de set, nos despertaron la mente bien a gusto, preparándonos para las cosas más duras que estaban por venir.

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El momento más punk del festival llegó con Cocaine Piss, otro de esos grupos que no conocías antes de que los anunciaran y que se hacen difíciles de disfrutar en disco, sobretodo por la voz estridente de la cantante, pero que en directo te hacen entrar en su juego y disfrutar de ello. Estos jóvenes belgas hacen un punk bien crudo con dejes de rock & roll, pero lo más personal que tienen es la actitud y voz de la cantante, que me recuerda al estereotipo de aquella típica amiga rebelde de la adolescencia que quiso montar un grupo de punk sin saber tocar ningún instrumento, pero con mucha actitud y, en este caso, llevado con ironía. Así pues, pese a ser punk directo, a la que nos dimos cuenta medio público estaba bailando y divirtiéndose.

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Llegamos a uno de los platos fuertes de la noche, Zeal & Ardor, que, tras su último concierto en Barcelona, en diciembre del año pasado, recogieron mucho éxito y fueron así muy esperados. En este caso, los suizos nos trajeron también un setlist mayormente formado por canciones de su último álbum, Strange Fruit y, aunque el público quizás esperaba más canciones de su primer disco, nos hicieron disfrutar y cantar con su mezcla de gospel, black y post-metal, sacando partido del que para mí fue el mejor sonido del festival, contundente y claro, pese que faltaba en el escenario la bajista Mia Rafaela, que tuvo que sonar pre-programada.

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Empezaron creando ambiente con la intro “Sacrilegium I” y salieron encapuchados al escenario para tocar “In Ashes”, seguida de “Servants”. Con una puesta en escena muy intensa de principio a fin y un juego de luces muy bueno, captaron toda la atención del público y consiguieron transmitir muchos sentimientos, sobretodo en esos momentos más blackers como el final de “Row Row”. Zeal & Ardor en directo, además, añade otro factor que es el del canto del público, que cumple perfectamente la función de las canciones gospel y las antiguas work-songs cantadas a coro, creando así una atmósfera muy especial y unitaria, como si estuviéramos en una misa satánica o formaramos parte de alguna cosa más grande, y esto lo pudimos comprobar por primera vez con “Blood River”.

Otros temas que sonaron fueron “Fire of Motion”, “Stranger Fruit”, “Ship on Fire” y uno de los momentos culminantes con “Gravedigger’s Chant”. Siguieron con la blacker “Waste” contrastada con “You Ain’t Coming Back”, en la que me hizo pensar en que esta banda había conseguido una cosa curiosa y, en cierto modo, admirable, que es tener a un montón de metaleros cantando ciertos versos que podrían haber salido perfectamente de la discografía de Beyoncé o Bruno Mars. Continuaron con “We Never Fall”, “Built on Ashes” y, como bises, las imprescindibles “Don’t You Dare”, “Devil Is Fine” y “Baphomet” que cerraron su hora y poco de concierto por todo lo alto, llevándose un gran aplauso.

Después del paréntesis de Myoboku en el escenario 3, una propuesta que tuve que saltarme para tomar el aire fresco (pues el calor dentro del recinto volvía a ser insoportable) y reponer fuerzas cenando, llegaba la hora del segundo plato fuerte de la noche: Pelican. El cuarteto instrumental de Chicago venía a presentar su último trabajo, Nightime Stories, que cada vez se aleja más del post-rock de sus inicios para acercarse al doom metal, y así lo plasmaron en directo, con un sonido aplastante y mucho más orgánico que en estudio, una gran mejora, pues siempre me ha parecido que sus discos tenían un sonido poco dinámico y artificial.

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Su concierto se compuso básicamente de casi todos los temas de su último disco, empezando por “Midnight and Mescaline”, más unos pocos temas de su anterior LP Forever Becoming, como la que siguió, “Deny the Absolute” y, más adelante, “Vestiges”. Para acabar sonaron “Full Moon, Black Water”, “Cold Hope” y, finalmente, “Arteries of Blacktop”, que cerraron un set de una hora y diez minutos que quizás decepcionó a algunos por no contener canciones más antiguas, pero que a la gran mayoría nos hizo no parar de mover la cabeza en ningún momento.

La noche se cerró con la locura del dúo barcelonés ZA!, grupo casi residente del AMFest, que empezaron el concierto con su especie de performance tribal y luego nos trajeron temas como la nueva “Badulake”, “Ochate Zi Ô” o una pequeña canción que nos hizo reír mucho, dedicada al paracaidista del desfile de ese mismo 12 de octubre, que apuesto que fue improvisada en el mismo momento. Como siempre, ZA! Dieron un espectáculo lleno de humor y melodías y ritmos que nos vuelan la cabeza y nos hacen bailar sin parar. En conclusión, creo que esta fue la mejor manera de acabar la noche por lo alto y hacernos esperar con ganas la recta final del festival al día siguiente.

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El domingo fue un día más tranquilo, el festival empezó y terminó pronto y sólo tocaron cuatro bandas, pero todas ellas con una calidad excepcional y de mucha intensidad, encabezadas por otra de las bandas más esperadas de esta edición, Alcest.

La banda encargada de abrir este último día fue Puput, venida desde Mataró, y uno de los grandes descubrimientos de esta edición. Puput mezcla indie con post-rock y cantos casi eclesiásticos en catalán, de una manera que produce una atmósfera muy suave y espiritual, perfecta para empezar el día. Sin embargo, el concierto fue subiendo de intensidad, añadiendo partes de cierta psicodelia y guitarras distorsionadas, culminando en dos temas que pusieron los pelos de punta, “Ermessenda” y, muy especialmente, “Hieràtic”.

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Alcest era, junto a Deafheaven, el grupo al que más ganas tenía de ver en este festival y, por lo que se vio, el de mucha más gente, que ya guardaban sitio en la pista principal desde el inicio del concierto de Puput. Así pues, se encendieron las luces y salieron los franceses, para empezar con una canción tan buena como “Écailles de Lune – Part 1”, con un Neige que, como siempre, al inicio salió tímido y estático, pero que poco a poco se fue abriendo al público y soltando alguna sonrisa o simpatía entre canción y canción, como cuando dio las gracias al público y al festival y nos contó que le encanta Barcelona y que había pasado el día en la playa y, pese a eso, consiguieron igualmente crear su particular ambiente lleno de espiritualidad y nocturna belleza.

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El sonido fue inmejorable y el setlist muy variado, con al menos una canción de cada uno de sus discos, lo cual es todo un detalle para sus seguidores y le da al concierto cierto dinamismo y progresividad. Así, luego sonó otra canción de su segundo disco, “Procées de Lumiere”, seguida de “Oiseaux de Proie”, del Kodama. Alcest supieron con este set enganchar al público desde el principio y, cuando pensábamos que estas tres canciones eran perfectas para empezar, el ritmo no paró y nos trajeron otras aún más celebradas, como fueron “Autre Temps” y “Souvenirs d’un Autre Monde”. Del primer disco pasamos al que estrenaran próximamente a finales de este mes, con la canción “Protection”, que también fue muy bien acogida y cantada por el público, pues realmente es una canción excepcional que le da una vuelta de tuerca más a la banda y, de bien seguro, que el disco Spiritual Instinct será una de las grandes referencias de este año.

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Para acabar tocaron tres canciones imprescindibles: “Kodama”, “La Où Naissent les Coleurs Nouvelles” y, finalmente, “Délivrance”, que terminó una hora y cuarto de intenso concierto que se hizo corto, con Neige arrodillado en frente de su amplificador, acoplando el sonido de su la guitarra. Este fue un concierto perfecto para quitarnos la espinilla clavada de la última vez que visitaron Barcelona teloneando a Anathema, en la que tuvieron poco tiempo, un sonido algo peor y un setlist que no incluyó canciones de sus primeros discos.

Salimos de este gran directo para hacer otro buen descubrimiento con Ainara LeGardon y su estilo difícil de definir, con influencias que van desde el indie al stoner rock, pasando por el noise y el grunge. El directo estuvo cargado partes sentimentales en las que quedarse con la mirada perdida en el infinito y de riffs pesados que te hacían mover la cabeza. Los tres músicos que componen este grupo tienen una personalidad propia que se combinan maravillosamente encima del escenario, creando así muchos matices que encantaron al público.

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Llegamos, desafortunadamente, al final del festival, con otro grupo venido de Euskadi como son Lisabö, una banda de post-hardcore muy conocida para los amantes del estilo y que volvió a reunirse el año pasado, después de cinco años sin tocar, para sacar un nuevo trabajo y volver a los escenarios. Sorprendente la formación de este grupo, compuesto en forma de pirámide perfectamente simétrica por dos baterías, dos bajistas y dos cantantes y guitarristas, todo dispuesto para ofrecer el directo más contundente posible, tanto que, durante las primeras canciones, las voces estaban demasiado tapadas por la instrumentación. Fue un concierto intenso de una hora y poco, con momentos de tensión, frenesí y sentimentalidad, que fue mejorando poco a poco y acabó de manera demoledora, con las ruidosas guitarras en manos del público.

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Cerraban así uno de los AMFest más cañeros hasta la fecha, con nombres de mucho nivel y, lo que más nos gusta de este festival, que nos ha descubierto una gran cantidad de buenas e innovadoras bandas que no conocíamos. Esperemos tener una nueva edición el año que viene, si puede ser solucionando los únicos aspectos que se le pueden reprochar, que son el calor y, secundariamente, la visibilidad que quitan las columnas del recinto, para convertirse en el festival alternativo perfecto y sin fisuras. ¡Gracias Aloud Music por estas experiencias!

Texto y fotos: Quim Torres