The Darkness + Dea Matrona – 21 de octubre 2025 – Sala Apolo (Barcelona)
Barcelona volvió a convertirse en territorio del rock más descarado y teatral con una nueva visita de The Darkness, que arrasaron la Sala Apolo en una noche de electricidad, carcajadas e himnos eternos. Con un público entregado desde el primer acorde, el cuarteto británico volvió a demostrar que lo suyo no es nostalgia, sino pura vigencia escénica. Antes, las irlandesas Dea Matrona abrieron la velada con un set que, aunque correcto, no terminó de conectar con la audiencia catalana.
Las de Belfast, formadas por Orlaith y Mollie McIntyre, llevan un tiempo despuntando como una de las promesas jóvenes del rock con aroma clásico. En sus inicios se dieron a conocer con vídeos callejeros versionando a Led Zeppelin o Fleetwood Mac (de hecho, cayó «Oh Well» durante su set), hasta que empezaron a girar con material propio y una propuesta más definida, a medio camino entre el blues rock y el pop alternativo. En Barcelona presentaron temas como «Hate That I Care», «Magic Spell» o «So Damn Dangerous», apoyadas por dos músicos adicionales para completar el sonido.



Técnicamente estuvieron solventes y el repertorio mostró buenas intenciones, pero su actuación pecó de cierta frialdad y no terminó de encajar en un cartel tan abiertamente festivo y rockero como el de The Darkness. El público, expectante pero distante, apenas respondió más allá de los aplausos de cortesía con la excepción, quizá, de «Red Button» su tema más movidito que dejaron para el final. Queda claro que talento hay, pero el contexto no jugaba a su favor: la audiencia había venido a ver a Justin Hawkins y compañía, y la impaciencia se palpaba.
Esa impaciencia explotó en cuanto sonó «Arrival» de ABBA por la PA y los británicos saltaron al escenario. La Apolo rugió como una sola garganta mientras The Darkness arrancaban con «Rock & Roll Party Cowboy» y «Growing on Me», marcando el tono del concierto: energía, humor y un Justin Hawkins absolutamente desatado. Poseedor de una descarada camisa dorada (que pronto se quitó para mostrar su torso tatuado hasta el último centímetro cuadrado), acrobacias vocales imposibles y un carisma inagotable, el frontman lideró a una banda que sigue funcionando como una máquina perfectamente engrasada.



El setlist fue, eso sí, peculiar. El grupo combinó varios temas de su último trabajo con algunos clásicos y un par de sorpresas. Canciones como «Motorheart» o «Mortal Dread» convivieron con joyas del debut como «Love Is Only a Feeling», «Friday Night» o «I Believe in a Thing Called Love», las que desataron el delirio del público. Curiosamente, el segundo álbum, «One Way Ticket to Hell… and Back», fue el gran ausente de la noche, algo incomprensible dada su calidad y el cariño que muchos fans le profesan.
Entre broma y broma (Hawkins llegó a mirar el reloj varias veces aludiendo con humor a la hora de cierre del Apolo, que debía reconvertirse en discoteca), la banda no bajó el ritmo ni un segundo. El sonido fue impecable, el juego de luces preciso y la actitud, intachable. Hubo también momentos curiosos, como cuando el batería Rufus Taylor (hijo de Roger Taylor, de Queen) tomó el micrófono para cantar «My Only», mostrando una voz sorprendentemente sólida, aunque cierto es que todavía le faltan algunas giras más para desenvolverse como Hawkins en calidad de frontman. Más tarde, el grupo se marcó una versión inesperada de «The Power of Love» de Jennifer Rush, entre la ironía y la devoción ochentera que les encaja como un guante.



Texto y fotos: Edko Fuzz



